Cada año, una buena parte de los
estadounidenses se estremecen mientras congresistas y altos ejecutivos dialogan
y establecen compromisos a la luz de una fecha muy temida: el límite para la
aprobación de los presupuestos que permiten al gobierno financiarse y por lo
tanto seguir funcionando.
Supuestamente, de no lograr
acuerdo, las oficinas públicas no podrían abrir ni sus funcionarios recibir su
salario. A última hora, compromisos y componendas
mediante, se produce el milagro. Se
aprueba la partida presupuestaria y la vida regresa a la normalidad, hasta el
vencimiento de esa aprobación y el comienzo de otro momento de tensión.
Es un presupuesto enorme, de casi 5
billones, es decir, cinco millones de millones, que se aprueba por partes. Por lo tanto, hay muchos intereses que
conciliar y, en algunos casos, muchas oportunidades para condicionar, vulgo
chantajear, un voto.
Pero milagrosamente, hay una
partida crucial, en torno a la cual se cruzan los intereses creados con otros
que aspiran a sacar una mejor tajada y, lógicamente, sus pocos congresistas
progresistas, con conciencia de lo que significa este gasto, entre otras cosas,
exagerado por innecesario. Se trata del presupuesto militar de Estados Unidos,
que asciende a cifras francamente obscenas.
Este año, a pesar de la retirada de
Afganistán, esa partida no solo no descendió, sino que se incrementará hasta la
cifra de 715 mil millones de dólares, más otra cantidad dedicada a ciertos
gastos, como el mantenimiento de los almacenes de municiones atómicas y la
atención a los veteranos, entre otros.
En total, 758 mil millones, entre el 35 y el 40 por ciento del gasto
militar mundial.
Es decir, más del doble del PIB de los países
de América Central y más de la tercera parte del PIB anual de todos los países
africanos.
Ese liderazgo lo tiene Estados
Unidos, también, en presencia militar en el planeta.
Según datos recientes, Estados
Unidos tiene 587 bases militares en 42 países y 114 más en 7 territorios de ultramar
estadounidense. (Dentro de sus fronteras
tiene 4 154 más). Francia, por ejemplo, tiene
bases militares en 11 países, Gran Bretaña en 11 países, Rusia en 9 países y
China en 1 país. Recordemos que Francia y Gran Bretaña forman parte de la OTAN,
liderada por los propios Estados Unidos.
No son solo datos elocuentes, sobre
la vastedad del imperio norteamericano.
Tras la aprobación de cifras en franco incremento en momentos en que
parecería que son menos necesarias, hay hechos de los que se oye hablar muy
poco.
Y es que el negocio de las armas
tiene, como todo en contabilidad, un debe y un haber. Unos gastos y unos ingresos, grandes
ingresos. Tan grandes como los peligros
para la integridad de las instituciones de Estados Unidos.
Entre otras cosas, porque el
comercio armamentista de Estados Unidos tiene severas orientaciones
políticas. Quizás el más escandaloso sea
el de Israel. La Ley de Asignaciones
Consolidada de 2019, dispone para Israel 3.300 millones de dólares en
financiación militar y un acuerdo hasta 2028 supone la entrega al gobierno
sionista de 38 mil millones en ayudas, la mayor parte para la compra de
equipamiento militar.
Pero una buena parte de esa suma
regresa a los proveedores norteamericanos en compras de equipamiento bélico. Es
decir, que esa suma, extraída del presupuesto de ayudas, regresa a Estados
Unidos, o mejor, a sus fabricantes de armas.
El doble sentido de la producción
de armamentos se revela en muchos casos.
Por ejemplo, en plena euforia por
la aplicación de los llamados Acuerdos de Abraham, el entonces primer ministro Benjamín
Netanyahu presentó al presidente Trump una “lista de deseos” de 8.000 millones
de dólares en armas que le gustaría comprar, incluyendo aviones de sigilo,
bombas rompebúnkeres y aviones tilt-rotor.
De paso, en momentos de distensión
con sus vecinos cercanos, para qué objetivo estos aviones de sigilo, invisibles
a los radares, las bombas rompe búnkeres y los aviones tilt-rotor, que combinan
las ventajas del helicóptero con la mayor capacidad y alcance de los
convencionales?
Si usted pensó que se trataba de
Irán, acertó.
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Ya se ha hecho común, cuando se
refieren estos datos, recordar el mensaje de Dwight Eisenhower poco antes de
abandonar su cargo como presidente en 1961. La industria de armamentos o como
él lo llamó, el complejo militar industrial, se creó definitivamente después de
la segunda guerra mundial, y en el marco de un posible enfrentamiento con quien
había sido su aliado contra Alemania, la Unión Soviética.
La producción de armas creció
geométricamente y con ella la influencia en el mundo gubernamental y legislativo
de sus poseedores y de sus intereses.
Dijo en su alocución final: "En
los consejos de gobierno, debemos protegernos
contra la adquisición de influencia injustificada, ya sea buscada o no buscada,
por parte del complejo militar-industrial”. "El potencial para el desastroso
aumento del poder fuera de lugar existe
y persistirá".
Y enfatizó en el aspecto moral del
asunto de la siguiente manera: "Cada arma que se fabrica, cada buque de guerra
lanzado, cada cohete disparado, significa en el sentido final, un robo. El costo
de un bombardero moderno y pesado es este: una escuela moderna de ladrillo en más
de 30 ciudades".
Desde entonces el asunto no ha
hecho más que complicarse y adquirir volúmenes muchos mayores.
Uno, entre llamativo y escandaloso,
lo refiere el periodista Tom Engelhard.
Es el del provechoso destino que
tienen los altos mandos tras su jubilación como tales, justamente en… la
industria militar.
Por ejemplo, el general de cuatro
estrellas Lloyd Austin fue comandante de las fuerzas estadounidenses en Irak
entre el 2010 y el 2011. En el 2013 fue jefe del Comando Central de los Estados
Unidos, o CENTCOM, supervisando las guerras de Estados Unidos en el Gran Medio
Oriente y Afganistán. En el 2016 se retiró como militar, pero se conirtió en
muy poco tiempo en miembro de la Junta Directiva del gigante de
armas Raytheon Technologies. Biden lo hizo secretario de Defensa y, al declarar
sus ingresos, reveló que solo de esa compañía, había ganado 1,7 millones, que incrementaron
su fortuna declarada a 7millones.
No fue mucho. El también
general James Mattis había declarado al dejar el ejército y unirse al gobierno
de Donald Trump, la suma de 10 millones como miembro del board de General
Dynamics, otro de los colosos de la industria armamentística.
Como descubrió Isaac Stanley-Becker del Washington Post,
haber sido comandante en una o más de las guerras de Estados Unidos de este
siglo resultó ser una tarjeta de presentación demasiado lucrativa en el
complejo militar-industrial. "Los ocho generales que comandaron las
fuerzas estadounidenses en Afganistán entre 2008 y 2018", escribió,
"han pasado a servir en más de 20 juntas corporativas".
Stanley McChrystal, quien supervisó el famoso (y desastroso)
"aumento" de tropas en Afganistán en 2009 y 2010, estaba en una lista
de 10 de ellos (y se sabía que solo uno de ellos había pagado un millón de
dólares). Incluso formaría el Grupo McChrystal, que, como el investigador Peter
Maass señaló recientemente en el sitio The Intercept,"tiene más de 50 empleados
y brinda servicios de consultoría a clientes corporativos y
gubernamentales".
Para muestra, estos botones.
Pero lo peor, a los ojos del pueblo americano – y no digamos
de los pueblos de los países donde estos generales libraron sus batallas – es
que no se puede afirmar, hoy, que ninguna de las contiendas dirigidas por ellos
tuvieron éxito. ¿Afganistán, donde hoy gobiernan los talibanes? ¿Iraq, donde
los gobiernos constituidos han quedado más cerca de Irán que de los Estados
Unidos?
Dudé de la necesidad de repetir la tan repetida advertencia
de Ike Eisenhower. Ahora pienso, sin que
el espacio me haya permitido desarrollar lo mucho que hay en el tema, que sus palabras
seguirán resonando durante mucho tiempo más. En vano.
29/12/21
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