Hasta el instante en que
hacemos este comentario, las víctimas de la COVID en el mundo van buscando los
récords que establecieron las dos conflagraciones mundiales del siglo XX. La aparición de las vacunas es, junto con las
precauciones que conocemos, la única esperanza de que, al menos, el fatídico
virus ocupe su lugar junto a otros que hoy existen, pero que se encuentran en
general bajo control.
La pandemia actual ha
marcado las vidas de las generaciones que hoy coexisten. Es una catástrofe universal. Y todos ansiamos que llegue el momento de su
control. Sin embargo, llama la atención cómo la alarma generalizada por los
estragos de la COVID nos ha hecho perder de vista que, desde hace décadas, la
humanidad se ve arrastrada a lo que puede ser incluso su extinción. Ante las
realidades que nos sobrevienen, la pandemia actual sería solo un triste
accidente.
El cambio climático es nuestro
enemigo más serio, y su enfrentamiento requiere un esfuerzo que,
lamentablemente, pierde en efectividad y rapidez, en la comparación con el que
se ha realizado contra la COVID.
En estos días ha salido a
la luz pública el informe de una institución especialmente creada por las
Naciones Unidas para estudiar cómo andamos y qué debemos hacer ante este
colosal reto. No es una institución cualquiera.
Se trata de, lo digo por su nombre, el Grupo Intergubernamental de
expertos sobre el cambio climático, el cual llegó a su informe reciente luego
de analizar más de 14 mil artículos científicos. Nunca se había hecho un
esfuerzo semejante.
Las conclusiones, en
realidad grandes llamados de alerta, o más bien de alarma, nos vuelven a recordar,
pero esta vez con más urgencias, hechos casi inminentes. O lo peor, hechos ya
ocurridos cuyas consecuencias vemos continuamente: huracanes inusitados,
incendios forestales generalizados, cambios de temperatura, calor o frío, nunca
vistas salvo en películas a las que, por desconocimiento de lo que nos
esperaba, llamamos en su momento catastrofistas.
Este grupo ya había
alertado sobre las consecuencias que podría tener por ejemplo un
sobrecalentamiento mundial de 1,5 grados Celsius. Representantes de todo el
mundo se pronunciaron en París en el 2015 por reducir las emisiones de carbono
a la mitad en el 2030 y liquidarlas en el 2050. Contra lo que se proyectó en
París, este nuevo informe nos alerta que llegaremos a ese incremento de
temperatura en el 2040.
Recuerdo hace unos años
que el presidente de una isla de la Polinesia se caracterizaba por ser el jefe
de Estado más visto en todas las conferencias sobre el cambio climático. La razón era simple y aterradora: en todos los escenarios previstos, su pequeño
país desaparecería bajo el mar.
Este informe, cuyas
ediciones anteriores no habían mostrado grandes preocupaciones sobre este tema,
nos anuncia que los mares podrían subir hasta 2 metros para fines de siglo y
hasta 5 en el 2050. Por fortuna para los
habitantes del estado que este señor preside, es un escenario evitable. Pero si se logra que las temperaturas se
eleven solo 1,5 grados, las aguas seguirán creciendo, y los eventos desastrosos
relacionados con el mar serán más frecuentes.
El informe agrava las
preocupaciones sobre el crecimiento de las emisiones de CO2 y del metano,
responsable también del calentamiento que ya existe, y que puede provenir tanto
de agentes tradicionales como el petróleo y el gas, como de la propia
agricultura y la ganadería, estas en menor escala.
¿Todo es negativo en el
informe? Por supuesto que no. Sus autores consideran que el mayor logro desde
que comenzaron estos estudios, en 1990, radica en que hoy existe una mejor
comprensión de la interacción entre el océano, el hielo, la nieve, los ecosistemas,
la tierra, alcanzadas con las simulaciones realizadas por computadoras
superiores. Pero, sobre todo, los
autores del informe creen que, en primer lugar, se ha logrado una convicción
generalizada en el mundo y en sus centros de decisión, en primer lugar, de que
el clima ha venido cambiando, y de que es justamente la acción del hombre la
que ha producido estos cambios.
2.
Sin embargo, el optimismo
de estos señores en sus conclusiones, tan escaso a lo largo del informe, podría
ser infundado.
Estados Unidos, junto con
China, ocupa un destacadísimo lugar en la generación de efectos nocivos para el
clima. China tiene una proyección
concreta y positiva para enfrentar esta indeseada posición. Pero Estados Unidos no solo es importante,
sino que sin su participación no habría posibilidad de éxito alguno en las
distintas metas que se han propuesto la mayoría de los países del mundo.
Así lo entendió Barack
Obama, un poco tarde, ciertamente, ya
que los avisos de los expertos datan de los años 70, y el primer informe del
Grupo de Naciones Unidas fue publicado en 1990.
Solo en el último año de su mandato, Obama integró a su país, a su
decisivo país, a los esfuerzos que se concretaron en la histórica reunión de
París. (Fue esa integración, por cierto, la que hizo histórico el cónclave,
pues había sido precedido de otros fallidos). En París, 190 países se
comprometieron a reducir las emisiones de gases de invernadero, mal de males,
para el 2025, entre un 26 y un 28 por ciento.
Pero unos meses después,
llegaba el verdaderamente catastrófico Donald Trump. De un plumazo, se apartó
del compromiso parisino. “Un ejemplo de un trato que es desventajoso
para Estados Unidos», dijo, y señaló que no es lo suficientemente duro para
países como China o India. La
ignorancia, de la mano de intereses económicos tan turbios como criminales, se
dio a la tarea de desmontar una a una las medidas de protección del ambiente
dictadas por el mandato de Obama.
Desde que era candidato anunció sus puntos de
vista: dijo “Departamento de
Protección Ambiental: Vamos a deshacernos de él en casi todas las formas”.
Durante la campaña, opinó que el calentamiento y enfriamiento global es un
proceso natural. Describió el calentamiento global como un "engaño del
gobierno chino”. Y siendo aún candidato anunció que rescindiría el Plan de
Acción Climática de Obama, cancelaría la participación de Estados Unidos en el
Acuerdo Climático de París y detendría todos los pagos de Estados Unidos hacia
los programas de calentamiento global de las Naciones Unidas.
Y así fue. Su primera
designación para dirigir la EPA, importante Agencia para la Protección de la
Energía, a un negacionista conocido, el fiscal general de Oklahoma Scott Pruitt.
Fue la iglesia en manos de Lutero. Luego de arrasar con muchas medidas de la
administración anterior, dejó el cargo por el manejo escandaloso de los fondos
públicos. Fue sustituido por Andrew
Wheeler, antiguo lobista a favor del uso del carbón para producir energía – uno
de los agentes más contaminantes.
Al finalizar su mandato, Trump
había derogado 98 reglas y disposiciones de protección ambiental y otras 14
medidas similares quedaron en estudio (algunas versiones incrementan estas
cifras a más de cien).
Ha sido uno de los tantos
temas heredados de Trump, en los que Joe
Biden ha debido volver a poner las cosas en su sitio. No obstante, es previsible que necesite
realizar un esfuerzo grande y salvar muchos obstáculos. Ha proclamado el
regreso de Estados Unidos al Acuerdo de París, lo que es ya una excelente
noticia. Además, ha dado pasos para reducir las emisiones, como cancelar
proyectos de gasoductos, eliminar subsidios para la extracción de petróleo,
anulando regulaciones débiles sobre centrales eléctricas promulgadas por Trump.
Pero vendrán tiempos
difíciles, porque muchas cosas dependen de un Senado que, en el momento actual,
se encuentra dividido exactamente a la mitad.
Todo lo que requiera más de un 50 por ciento de los votos, estará en
peligro. Estados Unidos, además, depende en un 80 por ciento de los
combustibles fósiles. Y hay importantes intereses, como sabemos, asociados a
esta dependencia.
Por último, cuatro años son
insuficientes para llevar adelante una reconversión que, en el caso
estadounidense, requiere un esfuerzo titánico.
Una victoria republicana en el 2024 o incluso, en las elecciones
intermedias del próximo año, podrían convertir lo que hoy son elogiables
expectativas, en una nueva ilusión.
El mundo debe prepararse
para resolver estos problemas no con, sino a pesar de Estados Unidos. Por
delante queda la conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático (COP26), a celebrarse en
Glasgow en una próxima fecha, ya que fue aplazada por causa de la
pandemia. Allí nuevamente se reafirmarán
los acuerdos de París, y Estados Unidos tendrá la ocasión de pronunciarse sobre
sus nuevas políticas.
Esperemos que la actual administración haya conseguido eliminar obstáculos
y proponerle al mundo, más que ilusiones, hechos positivos. Que anuncien buenas noticias para toda la
humanidad.
15/8/21
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