El famoso
director de cine estadounidense Quentin Tarantino vive en Tel Aviv. En una entrevista reciente con el periodista
Bill Maher, Tarantino explicó que esa ciudad es un buen lugar para vivir. El ambiente es parecido a Los Ángeles, le
dijo a Maher, productor y conductor de un programa semanal de la cadena
HBO. Como era de esperarse, Maher le
preguntó si su felicidad por vivir en la ciudad israelí, no era afectada por la
tensa situación política que, durante setenta años, ha acompañado a todos los
que viven en Israel, palestinos e israelíes.
No, no me he preocupado por conocer bien ese conflicto, dijo el cineasta,
quien, por cierto, no es judío.
Tarantino
no sabe, o no dice saber, que vive en las faldas de un volcán. Un volcán a veces dormido, otras veces
haciendo una violenta erupción. (La comparación no es rutinaria: todo el que se
ha asomado a la boca de un volcán dormido sabe que, desde allí, se pueden ver
las lavas ardiendo. Es decir, que solo está dormido). Terminado el mandato de
Donald Trump y avanzado un año y medio de la administración de Joe Biden, vale
la pena intentar al menos tomar el pulso de esta pequeña y explosiva región.
Trump se
ofreció a los israelíes como nunca había hecho un presidente estadounidense, a
pesar de que todos sus antecesores fueron en un grado o en otro defensores del
estado sionista. Desde antes EEUU había
aceptado considerar a Jerusalén, el punto más delicado de cualquier proceso de negociaciones
que buscara una solución al enfrentamiento árabe israelí, como capital de
Israel. Trump, el menos informado de los
presidentes sobre ese conflicto, tomó la ominosa decisión de mover su embajada
hacia la ciudad santa de cristianos, judíos y musulmanes. Desde hacía años Israel había incorporado a
sus fronteras las alturas del Golán, territorio arrebatado a Siria en las
guerras entre ambos países. Trump osó
reconocer la soberanía de Israel sobre el Golán. Y solamente al consejo de algún asesor
prudente, no acompañó a Benjamín Netanyahu en sus intenciones de incorporar
también a Cisjordania al Estado de Israel.
Nadie
había concedido tanto conociendo tan poco.
El motivo de esa solidaridad era otro.
Su yerno, Jared Kushner, era el designado para configurar un llamado
Acuerdo del Siglo, rimbombante nombre con que se conoció al luego denominado
Acuerdos de Abraham (también rimbombante, porque la leyenda cuenta que Abraham
fue padre, al mismo tiempo, de una rama de su descendencia de la que provino el
pueblo hebrero y de otra, de la que dio origen al pueblo árabe).
Son los
acuerdos que incluyeron el establecimiento de relaciones entre los Emiratos
Árabes Unidos, Bahréin, que es un pequeño país con un monarca sunita cercano a Arabia
Saudita y una población chiita, Sudán, uno de los mayores países musulmanes y
por cierto árabes de África y – y ya nos movemos en un terreno poco serio -
Kosovo, territorio cuya existencia como estado no es reconocida siquiera por
Estados Unidos. O Marruecos, cuyo acercamiento anterior con Israel era
consistente con esta decisión, a la que se sumó el reconocimiento por Trump del
derecho de este reinado sobre el territorio de Sahara Occidental.
En cada
caso, la decisión de cada país obedeció a coyunturas diferentes, y no hacía más
que santificar la realidad preexistente, de que se trataba de países con intereses
comerciales con Israel, algunos en desarrollo.
En cada caso, incluía también motivos específicos. La preocupación por la influencia de Irán en
la región fue especialmente importante en varios de ellos.
¿Y la
causa palestina? La verdad es que Kushner, arrogante e ignorante de las esencias
del conflicto, intentó un acercamiento al tema absolutamente insólito. Asumió
que apoyando al sionismo y ofreciendo créditos para proyectos sin definir al
pueblo palestino, podría desenrollar este septuagenario nudo gordiano. Por supuesto, la Autoridad Palestina y la
propia Liga Árabe condenaron el intento.
El Acuerdo del Siglo, los Acuerdos de Abraham, al menos en la
interpretación que le quiso dar Estados Unidos, se colocaron en la larga cola
de los fracasos por solucionar el problema.
PASEMOS A
LA ACTUALIDAD
¿Dónde
estamos hoy?
Recuerdo
cuando Joe Biden fue a Israel, siendo vicepresidente de Barack Obama. Biden iba con la petición concreta de que el
gobierno de Netanyahu impusiera un alto a la expansión de la colonización
israelí del territorio palestino. El primer ministro sionista no solo no le
hizo caso, y durante su estancia se siguieron ocupando áreas para establecer
colonos, sino que prácticamente no lo atendió.
Ese mismo Biden a quien le tiraron la puerta en la cara, es quien debe
enfrentar ahora la actualización de la política de Estados Unidos hacia Israel
y hacia la región.
El
complicado restablecimiento del acuerdo nuclear con Irán, en el que Estados
Unidos fue protagónico, y del que se retiró Donald Trump, es la primera
demostración de que se pretende reiniciar un proceso, ahora más complejo por la
desconfianza que lógicamente deben sentir los iraníes hacia cualquier cosa que
firmen con Estados Unidos. Pero para los sectores belicistas israelíes, para
los cuales Irán es una peligrosa némesis, es una muy mala noticia.
La salida
del poder de Benjamín Netanyahu, el más duradero de los primeros ministros
israelíes, político tan habilidoso como partidario de las visiones más extremas
de las relaciones con el pueblo palestino, abre una estrecha ventana hacia un
abordaje más sensato del asunto. El poder político está hoy en manos de una
coalición cuyas figuras visibles repiten el dogma sionista, agresivo y racista,
aunque han llegado al poder gracias al apoyo de sectores de los llamados árabes
israelíes, pequeño segmento de la población de origen en el fondo palestino,
pero que obtuvieron ciudadanía israelí en 1948.
Al norte,
encuentran un poder sirio que, aunque enfrentan la reconstrucción de un país
muy golpeado por casi una década de guerra sangrienta, ganó la guerra, y son
conocidas sus posiciones tradicionales y activas de respaldo a la causa
palestina y a sus organizaciones.
También en el Líbano la autoridad y el poder de Hezbollah, tenaz
resistente frente al sionismo, se imponen a pesar del momento de turbulencia
que vive el pequeño país de los cedros.
Y, por si
fuera poco, la presencia de dos nuevos actores, o antiguos actores que regresan
a este escenario: Rusia, de la que no es
necesario hablar, y Turquía, hoy más mesoriental que europea.
Ciertamente
la división entre palestinos, es decir, Hamas en Gaza y la Autoridad Palestina
en Cisjordania, no es una buena noticia.
Pero los acercamientos coyunturales entre ellos pueden dar como
resultado útil oponer a los designios sionistas diferentes alternativas para
cada momento.
Y, por
supuesto, el cansancio que sienten varias generaciones palestinas de vivir en
la opresión en que viven, no ha dado lugar al abandono de sus banderas
tradicionales, sino todo lo contrario: vimos hace unos días como los intentos
de expansión colonial en Jerusalén Este dieron lugar a una pequeña intifada,
que nos hizo recordar hasta dónde puede llegar la ira justa de este pueblo.
Oriente
Medio sigue siendo una zona vital para el mundo en que vivimos. Pero para
Estados Unidos lo es menos, desde que, de gran importador de combustible de la
región, se convirtió en gran productor y hasta en exportador.
Todos
estos elementos, y otros que no caben en un comentario, están hoy interactuando
en el Oriente Medio.
¿HAY
SOLUCIONES?
Para
concluir este intento de actualización de la situación en la región, vale la
pena repasar las soluciones que, en los organismos internacionales, entre la
gente más sensata y entre los sectores más irreductiblemente pro sionistas se
manejan en la actualidad.
Antes,
unos datos para entender mejor las alternativas.
Estamos hablando
de un territorio de 22 mil 145 metros cuadrados, es decir, aproximadamente la
superficie de Camagüey y Las Tunas juntos.
Allí
viven 8.680.000 ciudadanos
israelíes, 6 millones de los cuales son judíos, y, además, unos cinco millones
de palestinos.
Es un territorio difícil, cuyas principales ciudades son,
o costeras, o cercanas al río Jordán, que lo atraviesa de arriba abajo, y que
es esencial para la irrigación de las poblaciones de la llamada Cisjordania.
Abundan los pronunciamientos y resoluciones
internacionales de apoyo a la constitución de dos estados, con fronteras
definidas, y que puedan vivir en condiciones de igualdad y de respeto en este
territorio. Palestinos e israelíes
llegaron incluso en 1993 a definir un polémico y fracasado acuerdo que en
varias fases haría realidad esta idea.
Hasta el día de hoy, como
todos sabemos, Israel ha despreciado cualquier intento de hacer realidad tal
compromiso, y cada una de sus acciones ha ido en dirección contraria. Tampoco parece el camino del actual
gobierno. Un mes
antes de ser nombrado primer ministro de Israel, Naftali Bennett insistía en una entrevista en CNN:
"No cederé ni un centímetro de la tierra de Israel".
Pero ni es posible
mantener perpetuamente la situación actual, compleja hasta por razones
demográficas, ni poner en práctica las restantes alternativas, si no hay una
variación sustancial en la actitud y en las posiciones israelíes.
El politólogo español
Josep Piqué resumía de este modo los posibles escenarios al explicar lo que
llama “el trilema”, en vez de el dilema, de Israel:
“Se trata de decidir si Israel quiere ser
un Estado democrático, judío y controlar de facto los territorios ocupados. Si
quiere ser judío y controlar el territorio, no puede ser democrático, al
condenar a los palestinos a ser ciudadanos “de segunda” en su propia tierra (es
decir, agregamos nosotros, un remedo del apartheid sudafricano y rhodesiano).
Si quiere ser judío y democrático, dice Piqué, no cabe seguir con la ocupación.
Y si quiere ser democrático y controlar los territorios, no puede ser judío y debe
abrirse a un Estado plurinacional en el que todos sus ciudadanos tengan los
mismos derechos.
“Esto nos lleva – agrega Piqué - al debate sobre la solución de los dos
Estados, defendida por la comunidad internacional, y si hoy puede ser viable.
No lo parece. Hablaríamos de un Estado palestino fragmentado entre una “isla”
(Gaza) y un “archipiélago” (Cisjordania), sin capacidad de autonomía real ni en
lo económico, ni en su seguridad y defensa.
“Por ello”, concluye, “avanzan cada vez más
las posiciones que defienden la posibilidad de un solo Estado binacional y
democrático, que garantice los derechos y las oportunidades para todos los
ciudadanos, sean judíos, árabes o palestinos, con el apoyo de la comunidad
internacional y, en particular, de Naciones Unidas”.
Como suele decirse, es una situación
explosiva, volcánica, de difícil salida, que tiene todos los ingredientes para
una erupción periódica y sistemática. El excelente director de cine que es
Quentin Tarantino no debe sentirse tan tranquilo como dice en su residencia en
Tel Aviv. En cualquier momento puede
vivir en carne propia uno de los sangrientos y aparatosos incidentes que nos
sorprenden en muchas de sus películas.
7/8/21
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