La noticia de estos días no ha sido quién ocupará el poder en
Alemania, sino la partida de Ángela Merkel.
No es común que esto suceda. Se
comienza a extrañar a quien, para bien o para mal, deja el puesto de máxima
dirección de un país sin preocuparse mucho por la personalidad que lo sucederá.
En este caso, parece un hecho positivo.
El caso negativo fue el de Donald Trump. Los suspiros de
tranquilidad fueron mayores que las preocupaciones por lo que podía hacer su
sucesor, Joe Biden.
Y es que Ángela Merkel ha estado en el poder más tiempo, 16 años,
que cualquier otro canciller alemán de la posguerra y con un legado más amplio.
Konrad Adenauer construyó la alianza de
la Alemania Federal con las otras potencias occidentales. Willy Brandt asumió la unificación de las dos
Alemanias después de la implosión de la RDA y la caída del famoso muro de
Berlín, una tarea que fue luego cimentada por su sucesor Helmut Kohl. A German
Schroeder se le atribuye que Alemania se haya consolidado como la cuarta
economía del mundo, pero con un ingreso per cápita mayor que dos de las tres
primeras, Japón y China.
En estos días la prensa mundial ha sido pródiga en elogios a
la canciller que deja el poder.
Muchos tienen un fundamento real. Su política migratoria, que
ha convertido a Alemania en el gran receptor de inmigrantes islámicos, muchos provenientes
de los embarques en que se juegan la vida en el Mediterráneo. Pero no solo. La comunidad turca, por
ejemplo, asciende a casi cinco millones, y por lo general ha llegado al país de
manera normal.
De hecho, la población inmigrante es sustancial: más de 13 millones de personas, un 15 por
ciento de los residentes en el país.
Con dos consecuencias fundamentales: la presencia creciente
de la cultura islámica y su tolerancia no solo oficial, sino por la mayoría de
la sociedad germana.
La otra es todavía más sustantiva.
Tras la derrota nazi en la década del 40, el sentimiento de
culpa ensombreció la conciencia de los alemanes, aun de quienes no habían
participado de los horrores del nazismo.
Recordemos de paso que Hitler ascendió al poder erigiéndose sobre otro
sentimiento negativo nacional, al ser los alemanes los perdedores en la primera
guerra mundial, y lo hizo con un apoyo masivo de una buena parte de la
población.
Hoy este sentimiento de culpa es historia y las políticas
migratorias de la Merkel han ayudado a superarlo. El New York Times lo resume:
(Merkel) “Convirtió a Alemania en una sociedad moderna y en un país menos
definido por su historia”.
Y agrega datos de importancia: “Es posible que se la recuerde
sobre todo por su decisión de acoger a más de un millón de refugiados en
2015-16, cuando la mayoría de las demás naciones occidentales los rechazaban.
Fue un breve momento de redención para el país que había hecho el Holocausto y
la convirtió en un ícono de la democracia liberal.
“La población inmigrante de Alemania se ha convertido en la
segunda mayor del mundo, por detrás de la de Estados Unidos. Cuando Merkel
llegó al poder en 2005, el 18 por ciento de los alemanes tenía al menos un
progenitor nacido fuera del país. Ahora es uno de cada cuatro.”
Ha habido otras aristas satisfactorias de su largo gobierno.
Una clase media amplia y satisfecha ha sido fundamental para la extensión de su
mandato y para la bien recibida estabilidad que ha disfrutado el país. Han sido
notables sus políticas sobre la protección del medio ambiente, como la
eliminación del carbón y la energía nuclear en la producción de electricidad y
la utilización en gran escala de métodos alternativos.
2.
Sin embargo, no todo ha sido luces en el gobierno de Ángela
Merkel.
La oposición a sus políticas migratorias y a episodios como
el rescate de la deuda de Grecia no solo es mal recordada por los griegos, por
los pesados efectos de la política de férrea austeridad que les fue impuesta,
sino, en una dirección totalmente opuesta, por el fortalecimiento de
movimientos de derecha que lindan con el fascismo.
La llamada Alternativa para Alemania se fundó en el 2013,
justamente durante el rescate de la economía griega, al que se opuso en toda la
línea. Luego, cuando en el 2015´y 2016
Alemania recibió a más de un millón de refugiados, cobró la fuerza necesaria
para llevar una representación al Parlamento alemán. Aunque no es un movimiento
de fuerza, sí lo es en la antigua Alemania del Este.
En los últimos años, el número de ataques
racistas ha proliferado en el estado oriental de Sajonia. Según la asociación RAA Sachsen, que apoya a
víctimas, las denuncias aumentaron en un 38% el año pasado,
llegando a totalizar 317. Las dos ciudades más grandes de la región, Dresde y
Leipzig, sufrieron 60 ataques cada una.
De hecho, recientemente los concejales de
Dresde declararon una "emergencia nazi" en la ciudad, con el fin de
que las autoridades ayuden a las víctimas de la violencia de extrema derecha y
protejan a las minorías.
El menor desarrollo de la zona oriental es una de las sombras
más sensibles del gobierno de Merkel. Conoció en profundidad las
características de la región, pues nació en la RDA y allí, en la Universidad
Karl Marx de Leipzig, obtuvo su licenciatura en física cuántica, y su ascenso
al poder fue visto con esperanzas por la población de su región natal. Hoy el este
de Alemania sigue siendo una zona cuyo menor desarrollo contrasta fuertemente
con la zona occidental.
De paso, el sector de la minería del carbón tiene sombrías
perspectivas sobre su futuro ante las medidas ambientalistas que Merkel deja en
pie. O los productores de motores para su gran industria automovilística no
saben cuál será su futuro cuando en el 2030 se abandone totalmente la
producción de motores de combustión.
Para otros, las políticas de protección del ambiente son
pocas y marchan lentamente. “Debíamos haber hecho esto hace 50 años”, dice un
entrevistado por BBC.
En tal sentido tanto sus enfoques sobre los graves problemas
del cambio climático como estos mismos, que son palpables por ejemplo en la
destrucción de los míticos bosques alemanes, han sido combustible para el
fortalecimiento de un partido que seguramente formará parte de la coalición que
gobernará Alemania en los próximos años, el ya poderoso partido Verde.
En el cual, por cierto, la juventud, que no ha conocido otro
canciller que Ángela Merkel, encuentra su más fuerte representante.
Se agregan otros reproches: Las desigualdades persisten en
Alemania. Sus críticos, por ejemplo, creen que pudo haber hecho más para
ajustar la brecha salarial de género, una de las peores de Europa, o motivar a
más mujeres en posiciones de liderazgo en política y negocios.
Y ahora hay que enfrentar, aunque no se hable de ello, a uno
de los puntos negativos de su legado: Ángela Merkel no solo no deja
continuidad, sino que su propio partido, sobre el cual sobresalió todos estos
años, ha perdido, cierto que por la mínima, en las elecciones.
Como se ha explicado en los medios en estos días, Alemania
tiene un sistema de gobierno parlamentario, en el que vence no la persona que
haya obtenido más votos, como sucede en los esquemas presidencialistas de
América Latina y Estados Unidos, sino el partido que se lleve el grueso de la
votación. Y ese partido, que casi nunca obtiene mayoría absoluta, debe aliarse
a otros para conseguir esa mayoría y designar entonces al primer ministro, que
en Alemania se conoce como canciller.
Las votaciones recientes han dado el triunfo por un porciento
mínimo a la socialdemocracia alemana, y ya ha anunciado que empieza a negociar
con los Verdes y con el Partido Liberal, una coalición de izquierda que
gobernará el país en los próximos años.
Con ello, la socialdemocracia gana un importante puesto en
Europa, y se suma a países como Austria, España y los nórdicos donde, al menos
por ahora, han inclinado la balanza, menos de lo deseable, hacia la izquierda.
Pero ese es otro tema, de grandes proporciones. Será para otro comentario.
Comentarios
Publicar un comentario