Morir de frío o morir de hambre. O por lo menos escoger entre alimentarse o
librarse del frio invernal. Esa podría ser la opción extrema, ahora que llega
el invierno, para los más de 100 millones de europeos pobres ante el
encarecimiento de la energía eléctrica, lo que puede arrastrar un movimiento
inflacionario generalizado.
O para decirlo con mayor claridad, un encarecimiento de la
vida de los europeos.
¿La causa? El incremento desproporcionado de los precios del gas
y del carbón, ambos utilizados ampliamente en la generación eléctrica y en los
sistemas de calefacción del continente.
Y estos suben a su vez como resultado de un complejo surtido
de causas, unas económicas. Otras
políticas. Y otras absolutamente naturales.
Una primera causa, principal, es la pandemia de la COVID.
En sí misma, la pandemia en sus inicios tuvo el efecto
inverso. Ante la paralización de las
actividades normales en todos los países, los precios amenazaron con
desplomarse drásticamente. Y, como el
dinero es cobarde, las inversiones en el sector minero y energético se
contrajeron notablemente.
Pero con la pandemia en desigual retroceso y ante la
necesidad de echar a andar nuevamente las economías, las demandas de
electricidad han aumentado casi de un día para otro.
Pero las inversiones no se recuperan
al mismo ritmo. Y su atraso ha impactado severamente en la escasez y por lo
tanto en los precios sobre todo del gas y del carbón. Como dice Thomas
Friedman, columnista del New York Times, “Cuando todos los países entran de
inmediato, el precio se vuelve loco. O se apagan las luces”.
Y hay otro factor que da tristeza enumerar: la búsqueda de una energía limpia, que ha
avanzado mucho en Europa, se ha hecho sin orden ni concierto entre sus países. Saludos, Unión Europea.
En efecto, en la actualidad el 30 por ciento de la
electricidad europea se genera a partir de fuentes de energía renovables. En
ella se incluyen algunas muy efectivas, como la solar o la eólica, pero muy
variables. La biomasa, más estable, ha
avanzado también, en grado menor.
Pero los incrementos lógicos en las necesidades de las
economías, que se han traducido en una disminución porcentual de los
combustibles más contaminantes, no les han hecho perder su preeminencia en la
generación eléctrica.
Es decir, que porcentualmente aportan menos que antes, un
43,4 por ciento. Eso es en términos relativos.
Pero en términos absolutos, es decir, de cantidad, el uso del
gas fósil, sobre todo, se ha duplicado.
Y el incremento de su precio, por consiguiente, ha disparado los precios
de la electricidad, lo que neutraliza el abaratamiento que supondrían las
fuentes ecológicamente seguras.
Es decir, que el peso del gas y del carbón, sigue siendo
decisivo en el costo total de la energía.
La energía nuclear, la más limpia y barata de todas, aporta
la cuarta parte de la generación eléctrica en Europa.
Pero aquí siguen las contradicciones. Las campañas contra la energía nuclear, en
las que se incoan todos los accidentes producidos en los últimos 70 años – no
son muchos, pero son suficientes – han detenido las inversiones en el sector.
De hecho, podría retroceder como ya lo ha hecho en algunos países.
Friedman cita el caso de Alemania:
“Lamentablemente, en una reacción exagerada al accidente
nuclear de Fukushima, Alemania decidió en 2011 eliminar gradualmente toda su
energía nuclear para 2022: centrales nucleares que en el año 2000 generaron el
29,5 por ciento de la combinación de generación de energía de Alemania. Todo
eso tiene que ser reemplazado por energía eólica, solar, hidráulica y gas
natural, y ahora no hay suficiente. “
A su vez, el conocido Bill Gates es concluyente cuando dice:
la única forma de alcanzar nuestros objetivos climáticos es cambiar la
producción de todas las grandes industrias pesadas, como el acero, el cemento y
los automóviles, así como la forma en que calentamos nuestros hogares y la
energía de nuestros automóviles, a la electricidad generada a partir de energía
limpia. La energía nuclear segura y asequible tiene que ser parte de nuestra
combinación porque, argumenta Bill Gates, "es la única fuente de energía
escalable y libre de carbono que está disponible las 24 horas del día".
Aunque desde los años 50 la generación eléctrica mediante la
energía nuclear ha avanzado sostenidamente en seguridad, desde los primeros
reactores de primera generación hasta los de tercera generación actualmente en
uso, solo los llamados reactores de cuarta generación, podrán ofrecer
alternativas aceptables para los críticos de esta fuente energética: es decir,
desechos nucleares que duran siglos en vez de milenios, de cien a trescientas
veces más rendimiento de energía en el uso de la misma cantidad de combustible
nuclear, consumo de los desechos nucleares existentes, y mayor seguridad de
operación.
Pero a pesar de las intensas investigaciones y pruebas, es
una perspectiva todavía a diez años vista, en el mejor de los casos.
Lo que nos lleva directamente a la geopolítica.
2.
"No quieren gas, no desarrollan la energía nuclear, ¿van
a calentarse con leña?". Así
preguntó años atrás Vladimir Putin a los esfuerzos europeos desorganizados de
quienes se la jugaron solamente al desarrollo de energías renovables, sin
cuidar las otras fuentes.
Lamentablemente, tenía razón.
La Unión Europea estableció una estrategia a largo plazo para
convertirse hasta 2050 en una economía con cero emisiones de gases de efecto
invernadero, lo que implica, entre otras cosas, la descarbonización total del
suministro energético en los países del bloque.
Sin embargo, las críticas a esta cruda manifestación del
dirigente ruso, no apuntaron a la necesidad de procesos organizados y
articulados en un continente o, al menos, en casi treinta países agrupados en
un sistema de cooperación, como debe ser la Unión Europea.
Su interpretación se centró en otra dirección: Rusia puede decidir una buena parte del comportamiento
energético de Europa.
El alto costo del gas en Europa se hizo evidente ya en la
primera mitad de 2021, cuando los países europeos agotaron sus reservas de gas
después de una temporada de invierno muy fría. En este contexto, los socios
europeos empezaron a monitorear las acciones de la empresa rusa Gazprom, que
controla el 33 % del mercado de este hidrocarburo en Europa, según datos del
año 2020.
Sin embargo, el experto ruso Víktor Katona estima que la
empresa rusa "no ha incumplido ningún contrato, y ni siquiera ha reducido
los volúmenes de tránsito de gas a través de Ucrania, sin mencionar que la
fijación de precios híbridos en los contratos a largo plazo hace que el gas
ruso sea significativamente más barato para el comprador que el que se encuentra
en las principales reservas de la UE".
El propio ministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguei
Lavrov, explicó la política real de Moscú al afirmar que Rusia está dispuesta a
ayudar a Europa a superar la crisis energética, pero espera a cambio pasos
"recíprocos" de la Unión Europea hacia el país. "Gazprom no solo
cumple todas sus obligaciones, sino que las cumple incluso en exceso".
El mayor paso reciproco que espera Rusia es la autorización
de la Unión Europea para que el gasoducto Nordstream II pueda ponerse en pleno
funcionamiento, el cual transportará gas directamente a Alemania por el fondo
del mar Báltico.
Pero mientras continúan apuntando hacia donde no es, es
decir, hacia la politización anti rusa del asunto, se oyen algunas propuestas
más sensatas, como la del gobierno español de reformar la manera en que se
compra el combustible más sensible, como el gas, proponiendo hacer compras
conjuntas, que obtengan mejores precios e incrementen nuevamente las reservas
gasíferas, casi agotadas después del crudo invierno del año pasado.
Sería un modo no solo de enfrentar con más coherencia
situaciones como ésta, sino también de evitar el desprestigio de las soluciones
ecológicas a la generación de energía.
De cualquier modo, esta no sería tampoco la conclusión final
de esta crisis, pues el invierno ya está aquí.
Es obvio que las políticas individuales de los países que
componen la Unión han evidenciado un gran fracaso en la transición ordenada a
la generación “verde” de energía y han dejado desprotegidas a sus economías y a
los sectores más sensibles de su población.
La lógica resultante de este frío episodio, que como siempre
se ensañará en las capas desprotegidas de los europeos, es que con la defensa
de las soluciones ecológicas debe ir una estrategia conjunta, bien pensada y
realista, de transición de las viejas a las nuevas fuentes.
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