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La interminable crisis del Líbano

 

Lo he dicho otras veces.  El Líbano es uno de los países más pequeños del Oriente Medio, pero al mismo tiempo tiene la política más compleja de una región ya de por sí muy compleja.

El secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, ha alertado sobre el “rápido deterioro de la situación” en el pequeño país, enfrentado a una hiperinflación, a cortes de combustible, electricidad, crisis del sistema de salud  y escasez de agua potable. 

Estamos hablando de un país de unos diez mil kilómetros cuadrados, es decir, un poco menos que la provincia de Matanzas, donde viven seis millones de personas más un millón y algo de refugiados sirios más unos cuatrocientos mil refugiados palestinos.

Tiene una ubicación que explica parte de su tragedia: con una costa al Mediterráneo, tiene por el sur un viejo enemigo, Israel, y al este y al norte un aliado estratégico, Siria.

Pero a las complicaciones geográficas hay que sumar otras, que son decisivas en la historia del país y en sus tragedias habituales.

Si bien durante siglos fue conocido como el país de los cedros, por la abundancia que entonces había de este árbol, que se asocia a la construcción del palacio del rey Salomón y hasta del Arca de Noé, ahora es más identificado por sus continuas tragedias internas y externas.

En el país coexisten no menos de quince confesiones religiosas, cristianas y musulmanas, en una variedad que no encontramos en ningún otro: cristianos maronitas, ortodoxos griegos y armenios, coptos, musulmanes sunitas, chiitas, drusos son las más significativas.

Francia tuvo presencia militar después de liberar al país del imperio otomano, en 1918, y permaneció allí hasta 1946.  No fue casual.   Los nexos libaneses con Francia y en general con Europa datan del tiempo de los cruzados.  Hoy todavía es posible trazar el origen franco, por ejemplo, de algunos apellidos prominentes del país.  Los franceses dejaron constituido el estado libanés tres años antes de marcharse, para lo que encontraron todos, libaneses y franceses, una configuración sui generis:  la distribución de los principales cargos entre las distintas confesiones.

Así, halando la brasa hacia su sartén, el pacto nacional que apadrinaron otorgó la presidencia del país de por vida a un cristiano maronita, la presidencia del gobierno a un musulmán sunita y la del parlamento a un chiita. El resto de las confesiones tuvieron derecho a distintos cargos de gobierno.

Pero si hay tal número de confesiones, todavía más abundancia hay de organizaciones políticas: partidos, movimientos, ligas, etc., asociados generalmente a figuras políticas y confesionales que transmiten su liderazgo de generación en generación.

Y si queremos complicar más las cosas, añadamos que el tribalismo, es decir, la pertenencia y la fidelidad a grandes familias y grupos de familias, tiene su voz también en la conformación del rumbo y las decisiones políticas de la región.

Por último, su ubicación geográfica hace que cada confesión, cada organización política, cada familia, tenga relaciones hasta de dependencia con la mayor parte de los actores políticos de la región.

¿Qué balance ha arrojado estos casi 80 años del estado libanés? En los aspectos positivos, se dice que el Líbano es la universidad de la región, la biblioteca de la región, el hospital de la región, para destacar su preminencia en estos aspectos en toda la zona. Es también el país que más ha logrado integrar una parte de su cultura a Occidente, lo que le confiere una imagen que atrae un buen número de turistas cada año.

Pero esta distribución del poder entre confesiones y esta intensa actividad política, no ha traído, como pudiera pensarse, armonía y convivencia.  El confesionalismo ha sido la causa fundamental de los 15 desastrosos años de guerra civil entre los mismos libaneses, destructor de su economía y de su imagen internacional.  Si en una época fueron los poéticos cedros, ahora serían las escenas sangrientas de su interminable guerra las que caracterizarían al pequeño país.

Una guerra, por cierto, donde intervinieron, de un modo u otro, todos los países de la región.  Entre ellos, Israel, que invadió el Líbano y ocupó mil kilómetros cuadrados a lo largo de la frontera común durante veintidós años.

Concluida la guerra en 1990, la recuperación económica que parecía disfrutarse se ha visto entorpecida intermitentemente por sucesos diversos, asociados a las pugnas entre los distintos sectores políticos del país.  Y de forma señalada, a las intervenciones de los grandes países occidentales en sus asuntos internos, en particular contra la participación de la resistencia libanesa, fundamentalmente las fuerzas militares del partido chiita Hezbollah, en la guerra en Siria y en la protección de la frontera con Israel.

 

2.

El Líbano que conocí hace veinte años intentaba con éxito remontar los estragos de la guerra civil, que le habían quitado el sobrenombre de París del Oriente Medio.  Predominaba la clase media y aunque había pobreza, ni era tan visible ni se  encontraban con facilidad imágenes de miseria.

Pero en un escandaloso contraste, una clase pudiente, millonaria generalmente, el famoso uno por ciento de la población, no se ocultaba para exhibir su poder económico.  A guisa de ejemplo: de un multimillonario libanés, se decía, con fundamento, que financiaba las campañas de un veterano presidente francés.

Su economía mostraba su debilidad estructural.  Su deuda pública crecía constantemente con relación a un producto interno bruto cuyas fuentes residían en unos pocos rubros.  El Líbano presentaba un desbalance comercial fabuloso, pero a fuerza de préstamos, remesas de capitales de negocios en el exterior y otros ingresos, milagrosamente salía airoso en su balanza de pagos.

La explicación partía de varios factores, entre ellos su poderoso sistema bancario, que hasta la guerra civil había sido el más fuerte de la región, y la  indudable capacidad de maniobra financiera de su banco central.

Con un aparato estatal débil y un sector privado poderoso, el Líbano no dependía de sus políticos, sino del manejo que estos poderosos negociantes hacían de su economía.  Podía incluso permitirse la parálisis de su gobierno o no encontrar presidente para la República durante meses.  Los hombres de negocios manejaban la situación. 

Los líderes  políticos eran y siguen siendo también, con las excepciones de rigor, líderes confesionales y representantes de familias poderosas, y sus relevos son asumidos generalmente por sus descendientes. La familia Gemayel, por ejemplo, ha dado tres presidentes de la República libanesa.

Hasta que sobrevino la catástrofe actual, precipitada por  una pandemia que, ante la saturación del sistema de salud público y de las prestigiosas instituciones hospitalarias privadas, reprodujo en las calles libanesas los espectáculos de horror que hemos visto en otros países del tercer mundo.

Ya la descomunal explosión de un almacén de productos químicos en el puerto de Beirut había traído duras repercusiones.  No solo los más de 200 muertos que provocó, entre ellos seis niños, y 65 mil heridos, incluidos mil menores.

Sino que además despertó un avispero de críticas y una profundización de la decepción ante la clase política libanesa, a la que se acusó de corrupción, y al débil Estado libanés, que había virado el rostro ante el peligro potencial acumulado  en el almacén portuario.

El listado de la crisis es elocuente: 

-       La deuda del país, interna y externa, es la tercera más desproporcionada del mundo respecto al PIB. 

-       Hoy se acepta que más de un 70 por ciento de los libaneses, incluyendo aquella clase media de que hablé, han alcanzado ya el umbral de la pobreza.

-       Se ha comprometido el acceso  al agua.  Esto es más incomprensible, por cuanto el Líbano, a diferencia de toda la región, tiene mucha agua.  En el momento actual, el 75 por ciento de los hogares, es decir, cuatro millones de personas, están en riesgo seguro de perder el acceso a este líquido imprescindible.  

-       Esta crisis proviene de otra, el encarecimiento del combustible y por lo tanto de la electricidad, necesaria para el suministro del agua. La UNICEF estima que el costo del agua puede incrementarse en un 200 por ciento cuando se tenga que acudir a suministradores privados por incapacidad financiera del sistema público.

-       Este difícil recuento lo cierra justamente el combustible, del cual no hay producción local.  El Líbano es un país saturado de automóviles.  Sus propietarios tendrán que enfrentar los costos más altos del mundo en el petróleo que adquieren y por lo tanto la gasolina, que se situará en casi cinco dólares el litro. Recientemente se ha informado que, por gestiones de Hezbollah, Irán ha comenzado a suministrar petróleo al pequeño país.

-       Y la dirección política se encuentra virtualmente paralizada y sujeta a divisiones. Durante más de un año, un gobierno interino enfrentó la falta del consenso político para las reformas económicas y fiscales que la comunidad internacional exige al país como condición de incrementar su ayuda.

-       Después de tres primeros ministros tras la dimisión del primer ministro Hasan Diab luego de la explosión, el tercero, Najib Mikati quien hace casi dos décadas antes había ocupado ese puesto, intenta negociar con el éxito que no tuvieron sus predecesores. 

Pero el Líbano además se ha visto asediado por fuerzas externas.  Estados Unidos y en general Occidente, de manera abierta y oculta, ha intentado socavar la estabilidad del país y ha financiado a los elementos más cercanos a sus posiciones regionales.  Su némesis es Hezbollah, poderoso partido político chiita, con representación parlamentaria y ministerial, y con fuertes nexos con el gobierno sirio y con Irán, en este caso por coincidencia confesional y de posiciones políticas.

Hezbollah ha sido un valladar, a lo largo de décadas, contra la agresividad israelí.  La fortaleza de su ala militar se demostró recientemente, una vez más, en el apoyo de sus combatientes al gobierno sirio en la guerra con que elementos patrocinados por Occidente y grupos terroristas, intentaron derribar al presidente Bachar el Asad.

Estados Unidos y varios de sus aliados, no perdonan el apoyo que el Líbano da a Hezbollah, su primera línea de defensa contra las incursiones israelíes.

Hasta aquí el recuento. Seguiremos de cerca en otros comentarios la penosa situación que hoy asola al pequeño país de los cedros.


28/8/21

 

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