“Esto no
es Saigón”, dijo hace pocos días el secretario de estado de EEUU Anthony
Blinken para rechazar la comparación con la retirada de Afganistán. A su juicio, Estados Unidos fue allí con una
misión, buscar a los responsables de los atentados del 11 de septiembre del
2011 y conjurar las amenazas del terrorismo.
Bueno, si
fuéramos a la historia de la guerra de Vietnam, encontraríamos propósitos no
iguales, pero sí equivalentes.
Y la fuga
en masa en helicópteros y grandes aviones sobrecargados no puede ser más parecida. Es la misma historia, una y otra vez
repetida.
Blinken
es un veterano diplomático y, como suele suceder en esa profesión, ha tenido
que dar la cara por lo que, finalmente, es una derrota que su país se ha
demorado mucho tiempo en aceptar.
Estados Unidos, había dicho el canciller iraní Mohamad Javad Zarif, no
sabe cómo terminar las guerras que empieza.
Ni cómo
conducirlas. Hagamos una breve historia.
En primer
lugar, el lugar escogido no pudo ser peor.
Como se ha repetido tantas veces, Afghanistan es la tumba de los
imperios: Alejandro Magno, el gran
imperio británico, la Unión Soviética, y ahora Estados Unidos, han hecho lo
mismo: ante la inminente derrota, cantar
victoria, recoger rápidamente los bártulos y darse a la escapada.
Afganistán
es un país difícil, abundante en montañas y desiertos, cuya vida ha estado
fuertemente mediada por la compleja composición étnica de su población,
vinculada siempre con los países que la rodean, y que no son pocos. El país es fronterizo con Irán, Rusia y
Pakistán, además de China, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán. Como suele suceder, su población es
resultante de un fenómeno conocido: la
no coincidencia de las fronteras de un país, con el territorio ocupado por las
distintas etnias. Es decir, los afganos pueden ser tajikos, turkmenos, uzbekos
y en especial, pashtunes, que viven tanto en las montañas fronterizas de
Pakistán como en el territorio afgano, donde son mayoritarios. De hecho, hasta
los años 70 el país estuvo regido por un rey pashtún.
Y los
talibanes son pashtunes, lo cual nos lleva a otra dimensión del asunto. Taliban
quiere decir estudiante, y surgieron en las escuelas o madrasas establecidas en
Pakistán. Con ayuda saudita y de los
servicios de inteligencia pakistaníes, crecieron durante la resistencia contra
la intervención militar soviética, en la guerra que se desarrolló entre 1978 y
1992.
Pero los
diferentes grupos no lucharon unidos contra los soviéticos, sino que luego de
la retirada de los invasores se enfrascaron en una guerra civil de la que
salieron vencedores los ya poderosos talibanes. Establecieron el Emirato
Islámico de Afganistán, e impusieron un duro régimen que mezcló viejas usanzas
pashtunes con otras provenientes de una interpretación extrema del Islam y sus
leyes.
Hasta
aquí sus aliados de siempre siguieron siendo sus aliados de siempre. Pakistán y
Estados Unidos, por supuesto. Ciertamente, la retirada del apoyo de Estados
Unidos no tiene nada que ver con la política regional, sino por la fortaleza de
la crítica, dentro de la nación norteamericana, al tratamiento ominoso y a
veces criminal que el régimen de los talibanes ejercía sobre las mujeres. El
presidente Clinton decidió retirarse de las conversaciones que se sostenían con
ellos y, aunque nunca fueron antinorteamericanos ni planearon acciones contra
Estados Unidos, los talibanes dejaron de ser aliados para convertirse en un
símbolo de perversión religiosa y política.
Y he ahí
que un antiguo compañero de armas, uno de los jefes de los llamados “árabes
afganos”, es decir, los árabes que combatieron con ellos contra los soviéticos,
el millonario saudita Ossama Bin Laden, enfrentado ya a Estados Unidos, regresa
a su antiguo teatro de operaciones y pide refugio a los talibanes.
Bin
Laden, y disculpen la longitud de este recuento, practicante de una versión
extrema del islam, la wahabita, que es la versión oficial de Arabia Saudita, se
une a quienes rechazaron la presencia militar de Estados Unidos en Iraq en 1991
y emprende varias acciones terroristas en territorio norteamericano.
Perseguido, aparece en varios países.
Sus bases en Sudán son bombardeadas por los aviones estadounidenses. Su
establecimiento en las montañas afganas crea una complicación adicional para el
gobierno talibán, el cual, ahora despreciado por Estados Unidos, le permite
establecerse y que desde allí organice sus acciones contra un enemigo común.
Desde allí, a mediano plazo, se organizan los ataques contra las torres
gemelas. Nada, sin embargo, ha
demostrado la participación directa de los talibanes en estos hechos.
2
Quienes
estudian el mundo que compone y en este caso bordea el Oriente Medio no han
logrado nunca explicarse cómo Estados Unidos, donde existen especialistas
brillantes en la región, legiones de diplomáticos con experiencia sobre el
terreno, tanques pensantes especializados, pueden obrar sin tener en cuenta especificidades,
patrones y estructuras sociales ajenas a las norteamericanas. Y de tal modo, cometer errores solo
explicables por la ignorancia de manos de la arrogancia. Peligrosa combinación.
Sin
embargo, las guerras recientes en la zona, las de Iraq y la de Afganistán, nos
indican que militares y políticos han actuado a espaldas de una realidad muy
compleja, que no acepta los patrones tradicionales occidentales.
Como
vimos, hablamos de un país multiétnico, rodeado de otros países con los que
comparte población, y donde no se puede lograr acuerdo alguno si no se tiene en
cuenta el criterio de cada uno de los circundantes. Hablamos también de una
población dividida no solo en etnias diferentes, sino en tribus, lo que
configura un conjunto de fidelidades muchas veces contradictorias con las
intenciones del poder central y, sobre todo, de los países intervencionistas.
A lo
largo de estos veinte años hemos visto concretarse, en el plano militar y en el
manejo político de las situaciones, estrategias y medidas que no han tomado en
cuenta estos factores. Unos pocos ejemplos al canto:
Olvidado
por la historia yace el programa para el Gran Oriente Medio de la
administración de George W. Bush, un inverosímil y grueso manual que detallaba
cómo debía estructurarse todo el Oriente Medio hasta los mínimos detalles y en
todos los niveles, según el ejemplo de Estados Unidos. Fue la base del esfuerzo disparatado en el
que se enfrascó la fuerza ocupante, intentando construir otro Afganistán,
espejo de las sociedades occidentales, y ajeno a sus realidades. En el vaivén
de desgaste a que se vieron siempre sometidas sus fuerzas, este esfuerzo baldío
ocupó varios improductivos años.
O el
intento de construir un ejército y una policía nacionales, que se convirtió en
un manto de Penélope. En un ámbito de corrupción, las fuerzas que se mal
organizaban en un tiempo, se desorganizaban en un abrir y cerrar de ojos,
desunidas por la pertenencia a tribus diferentes o por la fidelidad a señores
de la guerra regionales. A manera de
ejemplo, recordemos las denuncias sobre los pagos que las tropas
estadounidenses tenían que hacer a estos líderes regionales enemigos, para que
los convoyes de suministros cruzaran sus territorios sin contratiempos.
La guerra
de Afganistán fue durante mucho tiempo la guerra olvidada. El interés verdadero fue siempre, desde antes
del 11 de septiembre, Iraq, por el poderoso posicionamiento que adquiriría
Estados Unidos al ocuparlo. Desde
temprano, dispersada Al Qaeda y prófugo su líder, nadie podía responder
seriamente cuál era el objetivo verdadero de la misión que los miles de
militares de la OTAN, además de los norteamericanos, cumplían en el país. Qué hacían allí soldados del Reino Unido y
Canadá o de Luxemburgo, qué hicieron y qué resultados sólidos obtuvieron los 13
generales de los Estados Unidos que comandaron sus tropas.
Ahora Joe
Biden aguanta el chaparrón de los críticos, que lo acusan de haber puesto todo
el país en manos de los talibanes – ojo, de los nuevos talibanes, quienes parecen
estar rectificando algunas de sus más criticadas políticas internas. En realidad,
la iniciativa de retirar las tropas partió de Donald Trump en sus últimos
meses.
La
verdadera explicación la he encontrado en Mark Twain. En su relato Una novela medieval, el gran escritor
presenta a un viejo noble que aspira a que su hija herede el trono real. Pero
tiene un solo inconveniente: el trono obligatoriamente
debe corresponder a un heredero, varón, que no existe. Por lo que la hija se hace pasar por hijo. Luego de muchos
enredos, la joven, convertida en joven
varón, es juzgada por un alto tribunal ante el cual debe demostrar su presunto
sexo masculino, o ser ejecutada.
Twain termina este angustioso dilema con una salida idéntica a la que ha encontrado Biden al gran rollo que ha sido la guerra afgana. Cuando esperamos encontrar una brillante revelación, Mark Twain concluye así su relato :
“La verdad es que he colocado a mi héroe (o heroína) en una situación tan comprometida que no sé cómo arreglármelas para sacarle (o sacarla) de ella, y por eso prefiero desentenderme de todo este asunto y dejar a esa persona que se las componga como pueda… o se quede como está. Creía que iba a resultar bastante sencillo enderezar este pequeño entuerto, pero en este momento no lo tengo tan claro.”
22/8/21
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