Uno de los mayores desafíos
del presidente de Estados Unidos es tratar de recomponer lo que Donald Trump no
descompuso, sino compuso de una manera diferente. En
varios temas, Trump ha dejado unos Estados Unidos con una proyección diferente
y difícil de revertir. Desde el nombramiento de decenas de jueces federales
conservadores hasta… su política hacia el Oriente Medio.
Así, recordemos que durante el
mandato de Donald Trump, lo que había sido casi un gesto simbólico, reconocer a
Jerusalén como capital de Israel, se fue hasta donde nadie había osado llegar,
trasladar la sede misma de la embajada a la ciudad santa.
No era suficiente, y poco
tiempo después respaldó la incorporación del Golán, territorio arrebatado a
Siria en la guerra de 1967 y cuya población es eminentemente árabe, drusa, para
más señas, al territorio de Israel. De
cualquier modo, vale la pena recordar que esto ya lo había hecho el régimen
sionista años atrás, cuando incorporó el Golán en su propia constitución.
Y así con otras cosas, como respaldar
la ignorancia por Israel del derecho palestino a situar su capital en el este
de Jerusalén.
Solo por alguna razón no fue
demasiado lejos, y no cohonestó la intención de Netanyahu de incorporar también
los territorios ocupados de la Cisjordania, lo cual ya hubiera concluido el
camino de convertir a Israel, más de lo que es hoy, en una nueva edición del
apartheid sudafricano.
No le fue difícil negociar los
famosos acuerdos de Abraham, por medio de los cuales varios países árabes
establecieron relaciones con Israel. Su
mérito fue muy dudoso: todos estos
países ya marchaban en el camino de la aproximación a este hecho y, sobre todo,
pidieron varias recompensas a cambio.
Por ejemplo, los Emiratos
pidieron el desbloqueo de la venta de 50 cazas F-35, lo que dota de esta
costosa arma por primera vez a un país árabe y altera el equilibro militar de la
región. O Sudán, que pidió ser eliminado del listado de países que patrocinan
el terrorismo y el levantamiento consiguiente de otras sanciones. Marruecos
obtuvo el apoyo a la anexión del Sahara Occidental por primera vez, en
violación de lo establecido en las Naciones Unidas, y ratificó su carácter de
máximo aliado estadounidense en la región norafricana. Digamos, para mayor
ilustración, que Estados Unidos es el único país del mundo que ha aprobado la
acción marroquí.
Quizás la joya de la corona de
tantos desaciertos que hereda Biden es la retirada de Estados Unidos del
acuerdo nuclear de Irán con las cinco potencias representadas en el Consejo de
Seguridad más Alemania, la Unión Europea y la OTAN.
Con
la adopción en aquel momento del histórico pacto, escribió entonces el
periodista Jorge Gómez Barata, “se atenúan y más adelante se pondrá fin a las
sanciones, los portaviones regresarán a sus bases, los destructores enfundan
los cañones, se relajan las tensiones militares en la región, el comercio
mundial de petróleo y gas se regulariza, bajan los precios y disminuye la
presión sobre el dólar cuyas angustias no perjudican demasiado a Estados Unidos,
pero arruinan a los demás.
El acuerdo trajo tranquilidad
a todo el mundo, pues se conjuraba la preocupación de que, al menos en un plazo
breve, Irán se convirtiera en un nuevo miembro del club atómico. Ya Oriente Medio tenía uno, Israel.
Y ahí estaba el detalle, como decía un famoso
cómico mexicano. En la misma línea que los pasos anteriores que había dado,
Trump complació a Netanyahu retirándose del famoso pacto, que fortalecía
extraordinariamente el capital político iraní en la región.
No vale la pena hablar del infame
Acuerdo del Siglo, elaborado por el arrogante Jared Kushner, quien intentaba
resolver el problema palestino, no por la única vía posible, es decir,
reconociendo sus derechos sobre la tierra de la que fueron expulsados unos y
maniatados otros, sino comprándolos.
Parece insensato, pero fue así. El plan suponía constituir un fondo de
50 mil millones de dólares para mejorar las condiciones de vida de este pueblo. No
hablaba una palabra de sus derechos. Ni se dijo de donde saldría esa
cifra monumental ni se avanzó un milímetro en su ejecución. Ante la soberbia de la propuesta, la
dirección palestina la rechazó de plano.
Una bofetada al pueblo palestino, dijo Mahmud Abbas.
2.
Desmontar esta herencia envenenada
no será tarea sencilla para la política externa de Estados Unidos. De hecho,
mientras Donald Trump deshacía el manto de Penélope que aunque lleno de
agujeros se había construido por la comunidad internacional, ocurrían algunos
fenómenos a destacar que influirían en la recomposición del estatus quo
regional.
Por una parte, la aparición de
nuevos actores, algunos de ellos retirados de ese escenario desde hacía
décadas. La guerra de Siria fue la
ocasión para que Rusia hiciera su reaparición en el Oriente Medio. Lo hizo además con fuerza: con la fuerza
necesaria para cambiar totalmente el juego en la guerra que devastaba ese país,
bajo la mirada complaciente de Occidente y de Israel.
Este hecho coincidió con la participación
en la lucha de las fuerzas libanesas de Hezbollah, con apoyo militar de Irán, quien
daba de este modo un importante paso en su incorporación, a pesar de la
hostilidad israelí, en el escenario en guerra.
Turquía también vuelve a ser
hoy un factor activo, y sus contradicciones con Israel y su freno a los
movimientos de los kurdos, fueron otro elemento a considerar en aquella guerra,
que, con todos estos factores, y con la tenaz resistencia de las fuerzas leales
al presidente Bachar el Assad, transformaron el escenario de destrucción y
muerte en otro de reconstrucción y esperanza.
Biden ha consensuado con sus
aliados su política hacia Siria, más allá de los incidentes que inevitablemente
se producirán con su reducido destacamento militar en la zona fronteriza de ese
país e Iraq.
Pero lo cierto es que hoy,
Siria, con la ayuda de Rusia e Irán, comienza a ser el país que fue y renueva
sus posiciones anti sionistas y de apoyo al pueblo palestino.
Y China ha encontrado en las
capacidades productivas iraníes una fuente para sus grandes necesidades
petrolíferas. Hoy China también es un
nuevo actor a considerar en cualquier análisis de la geopolítica regional.
El vínculo con Arabia Saudita
también ha cambiado. Parece haber
quedado atrás el silencio cómplice luego del escandaloso asesinato del
periodista Kashogui y, también paulatinamente, el apoyo sin límites a la guerra
contra los chiitas yemeníes, que cobraba centenares de vidas inocentes. La comunicación de Biden con el rey Salman ha
sustituido la de Trump y Kushner con el príncipe heredero. Los límites a la ayuda militar lo son
también para los ataques sauditas en territorio yemenita.
Porque se ha hablado muy poco
de un hecho geopolítico de primera importancia:
desde el punto de vista energético, la dependencia anterior de Estados
Unidos del petróleo del Gofo pérsico ha variado sustancialmente. Estados
Unidos, por políticas petroleras estimuladas por Barack Obama, no solo produce
el petróleo que necesita, sino que lo exporta.
Es decir, si grosso modo el
interés estadounidense se justificaba por sus necesidades petrolíferas y su
apoyo a Israel, hoy las bases de su enfoque hacia Oriente Medio serán más
complejas y vinculadas con escenarios más amplios.
La periodista Rosa Meneses,
del periódico madrileño El Mundo, puntualizaba:
“Biden se apoya en su recién
reparada relación con Europa para avanzar en las negociaciones con el fin de
reengancharse al pacto nuclear. A través de su asesor de Seguridad Nacional,
Jack Sullivan, su Administración ha prometido que EEUU se unirá de nuevo al
Plan de Acción Conjunta Global (JCPOA, en sus siglas en inglés) si Irán cumple
con sus obligaciones en materia de contención atómica. Aunque por el momento la
incertidumbre es el sentimiento dominante en el ambiente. Más cuando el
resentimiento está muy arraigado entre ambos países y las sanciones de “tierra
quemada” impuestas por Trump no ayudan a rebajar la tensión. El asesinato, en
enero de 2020, del general de la Guardia Revolucionaria Qasem Suleimani, en un
ataque estadounidense con drones en el aeropuerto de Bagdad, sigue pesando
políticamente en Teherán, que vio cómo una de sus figuras con más proyección
era eliminada.”
A lo cual se podría agregar
que ya Irán, pese a las sanciones, no es el mismo, asediado por varios
frentes. Hasta sus antiguos enemigos
talibanes han llegado a acuerdos sobre las fronteras que comparten y sobre la
protección a la población chiita que vive en ese país.
En lo concerniente al acuerdo
nuclear, por lo tanto, será también trabajoso eliminar la desconfianza iraní
frente a sus interlocutores y sobre todo frente a Estados Unidos, que fue el
promotor del pacto anterior y fue luego el único en abandonarlo.
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