En este espacio hemos hablado varias veces de cómo la
geopolítica internacional, en los últimos 70 años, ha pasado a ser dominada
primero, por dos grandes potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. Ambos países fueron contendientes militares,
aunque la sangre no haya llegado a río.
Luego, en los 90, el mundo bipolar fue unipolar: Estados Unidos quedó como la única potencia
indiscutida. Pero sobre todo desde
principios del nuevo milenio, se abrió una nueva realidad.
En efecto, ante la sorpresa mundial, China llevó adelante
una veloz subida económica que le permitió ser, primero, la tercera economía
del mundo, tras Estados Unidos y Japón.
Y muy pocos años después, convertirse en la segunda.
Y en paralelo, Rusia, aunque sin los mismos avances económicos
– recordemos el brusco descenso de los años 90, cuando en un momento tuvo un
PIB similar al de Portugal – sí exhibió una tremenda recuperación militar. Hoy este país no solo es una gran potencia
bélica, sino que da muestras de una gran creatividad en la modernización de su
armamento.
Es, también, un país que decide en el teatro europeo, cuya
producción energética tiene una gran dependencia de los abastecimientos rusos.
Variaron así las zonas de influencia. El arrollador paso de la economía china le hizo
buscar nuevos mercados y nuevas fuentes de aprovisionamiento de materias
primas. Así, África ha recibido
considerables inversiones del gran país asiático, cuya influencia se ha
expandido por casi todo el continente.
También en América Latina, muchos espacios económicos habitualmente
ocupados por la actividad económica estadounidense, son hoy de predominio
chino.
Y, claro está, en su espacio natural, el Asia oriental,
China ocupa un papel tan importante que lingüistas opinan que el chino, al
menos en esa zona, se convertirá en lingua franca, como lo es el inglés hoy. Los intentos de Estados Unidos de pujar en ese
terreno sufrieron un duro golpe, un disparo propio en sus zapatos, cuando
Donald Trump, inopinadamente, se retiró del Acuerdo Transpacífico de
Cooperación Económica, en el que presuntamente ampliaría su influencia en esa
zona decisiva del mundo de hoy.
En su lugar, el pasado año China firmó el que resulta el mayor
acuerdo del mundo con 14 países de Asia y el Pacífico, en una reunión en la
capital vietnamita, Hanoi.
Esta Asociación Económica Regional Integral, que es el
nombre oficial del acuerdo abarca a 2.200 millones de personas y casi un tercio
de la producción económica mundial. El acuerdo reduce los aranceles, establece
reglas comerciales comunes y, por lo tanto, también facilita las cadenas de
suministro. Incluye comercio, servicios, inversión, comercio electrónico,
telecomunicaciones y derechos de autor.
A la asociación pertenecen China, y los diez países de la
ASEAN, Vietnam, Singapur, Indonesia, Malasia, Tailandia, Filipinas, Myanmar,
Brunei, Laos y Camboya, así como Japón, Australia, Corea del Sur y Nueva
Zelanda.
Si bien todos los países se benefician del gigantesco
acuerdo, la balanza del poder en el mundo se inclinó más, mucho más, en
dirección a China.
El aislacionismo de la administración Trump le abrió caminos
adicionales. Los resultados económicos
más recientes acentúan esta tendencia.
2.
Las noticias más recientes siguen exhibiendo la preeminencia
del ritmo de la economía de China en contraste con la estadounidense.
La prestigiosa firma consultora McKinsey y compañía, examina
en un reciente informe lo que llama el balance nacional de las diez economías más importantes del mundo, las que
todas juntas representan más del 60 por ciento de la renta mundial.
El análisis revela que el orden de los países por su PIB se
ve alterado cuando se examina su dinámica de crecimiento desde el 2000 hasta el
2020. Según McKinsey, China, por primera vez en la historia, ha desplazado a
Estados Unidos, al incrementar su patrimonio a 120 billones, es decir, millones
de millones de dólares, o lo que es lo mismo, el 50 por ciento del crecimiento
de la riqueza en esa selección de diez países.
Estados Unidos poseería el 22 por ciento de ella y Japón,
que atesoraba el 31 por ciento de la riqueza de esas economías a inicios del
milenio, solo representó el 11 por ciento en el 2020.
Mientras Estados Unidos duplicó en ese período su patrimonio
neto, es decir, 90 billones de dólares, China logró la cifra expuesta, repito,
120 billones, frente a los 7 billones del año 2000.
Pero en economía estas grandes cifras no son solamente
buenas noticias. Sí, revela una dinámica
extraordinariamente superior de la economía china. Pero al ser superiores a las cifras de los PIB
respectivos, es decir, que la cifra de la producción anual es inferior a la
riqueza creada, el análisis indica que hay una situación, si no anómala, sí
digna de evaluar.
En efecto, aunque las explicaciones son complejas, parece
que la diferencia se explica en una medida considerable por el aumento de los
precios de los inmuebles, y la disminución de los tipos de interés. Y ya
conocemos este escenario, que en esencia repite el creado en Estados Unidos,
cuando la burbuja inmobiliaria estalló y condujo no solo a este país, sino al
mundo, a la crisis financiera del 2008.
Es solo una observación, que, aunque importante, no resta un
ápice al éxito de una economía como la china.
Que se sigue beneficiando de la obcecación
estadounidense. Sobre China pesan un sinnúmero
de sanciones con las que Estados Unidos, con un pretexto u otro, ha intentado
obstaculizar el derrotero económico chino. Pero que, aunque creas molestias indudables,
han incrementado el esfuerzo y los resultados en la creación de aquellas
tecnologías a las que las sanciones no les dan acceso. Empresas privadas chinas se han unido a la
directiva del gobierno para emprender un camino de autosuficiencia económica.
En ese contexto encaja el objetivo al que
propagandísticamente se ha llamado Made in China 2025, que transformaría a
China en el mayor manufacturero mundial.
La BBC señala que “Pekín pretende dominar con dicho plan
industrias como la robótica, la tecnología de la información avanzada, la
aviación y los vehículos de nueva energía”.
Y cita al investigador asociado del importante Consejo de
Relaciones Exteriores, Lorand Laskai, cuando establece la dimensión del resto
que esto supone: "En la saga de la rivalidad económica entre Estados
Unidos y China, 'Made in China 2025' se perfila como el villano central, la
verdadera amenaza existencial para el liderazgo tecnológico estadounidense”.
El plan identifica 10 segmentos de la industria de alta
tecnología en los que las empresas chinas se proponen lograr, dice Laskai, la
"autosuficiencia mediante la sustitución de tecnología, al tiempo que se
convierte en una 'superpotencia manufacturera' que domina el mercado mundial en
industrias críticas de alta tecnología".
Quizás siempre China se hubiera propuesto políticas
similares. Pero no hay dudas de que las
sanciones de Estados Unidos le hicieron acelerar el paso y marcar direcciones
concretas.
Por ejemplo, cita el artículo consultado de la BBC, Trump
prohibió la venta de componentes críticos de fabricación estadounidense a la
empresa china de telecomunicaciones ZTE, o a Fujian Jinhua, líder chino en la
fabricación de chips de memoria. Y siguió la adición a la lista de entidades
con acceso restringido a la tecnología estadounidense de empresas como DJI,
Hikvision, Huawei y Semiconductor Manufacturing International Corporation.
Pero según el analista Dan Wang, con tales restricciones el
Gobierno de EE.UU., dice, "ha hecho inadvertidamente más que cualquier
directiva del partido para estimular la inversión privada en el ecosistema
tecnológico de China".
Porque la principal respuesta para reducir el impacto de las
sanciones impuestas fue el llamamiento de los altos dirigentes a la acción para
impulsar la autosuficiencia tecnológica.
En concreto, el presidente Xi Jinping dijo que China debe
mantenerse en el camino de la autosuficiencia en medio del creciente
unilateralismo y proteccionismo en el mundo actual.
Y para Tian Yun, subdirector de la Asociación de Operaciones
Económicas de Pekín “el énfasis en la autosuficiencia en las tecnologías
centrales no podría llegar en un mejor momento, dada la guerra tecnológica de
Estados Unidos y encabezará una oleada de políticas de apoyo para la
investigación y el desarrollo de muchos sectores tecnológicos centrales”.
Este pulso podría darse, con otras magnitudes, en
cualesquiera dos países, y de hecho sea producido antes.
Sin embargo, hay diferencias fundamentales, que exceden y
dominan por encima de las cifras económicas por sí mismas.
En primer lugar, más allá de los terrenos de lidia
enumerados, está la racionalidad del modelo chino, mucho mayor que el desorden
de la política económica de Estados Unidos, que incluso amenaza con cambiar
cada cuatro años, o verse revuelta por fenómenos inimaginables como la
presidencia de Donald Trump.
En concreto, al fijar objetivos, el presidente Xi Yin Ping
propuso dar un giro social para alcanzar en 2035 la etapa que denomina "de
modernización socialista" y en 2050 la consecución de "un país
socialista moderno".
Y por encima de todo, subrayando el carácter humanista del
socialismo, sea cual fuere la fórmula que cada país aplique, la vigencia del
pensamiento que la sabiduría tradicional china concretó en este viejo
proverbio: "por vastos que sean el
cielo y la tierra, la gente siempre debe ser lo primero".
25/11/21
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