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Adiós, Ángela. Te extrañaremos

La salida de Ángela Merkel deja un vacío indudable en el espacio europeo. Aunque la canciller alemana tuvo, y como consecuencia de su exitosa valoración, un defecto capital. La Merkel no fue capaz de transferir su aceptación y su poderosa influencia, a su propio partido Como hemos visto, los resultados electorales han obligado a su partido a crear alianzas para poder gobernar.

Y si en algún momento fue la cabeza visible de la Europa integrada, no hay hoy tampoco quien ocupe por derecho propio esa posición.

Hay un vacío de liderazgo que se extiende a Europa, y otros buscan ocuparlo.  Sobre todo, el alter ego de Alemania, Francia. 

La inestabilidad actual de a la Unión Europea no proviene del debilitamiento del papel de Alemania. Antes, Estados Unidos, y mucho más en la presidencia de Trump, hicieron exigencias a los países integrantes de la OTAN, que no solo eran inesperadas, sino difíciles de cumplir.

Estados Unidos necesitó a Europa, y Europa a Estados Unidos durante toda la guerra fría.  Pero después, la organización militar ha dado vueltas buscando una nueva razón de ser.  El Pacto de Varsovia, que unía a las organizaciones militares soviéticas y del socialismo de Europa oriental, se disolvió después de 1991.

La OTAN necesitaba nuevos enemigos. 

Y lo que había sido una fuerza proclamada como defensiva, realizó su primera operación ofensiva en la poca gloriosa campaña en 1995 contra las fuerzas serbias, y más tarde contra Yugoslavia, supuestamente para detener la llamada limpieza étnica en Kosovo.

Con la desaparición del campo socialista y el cambio inverso de rumbo de sus miembros, algunos antiguos integrantes del Pacto de Varsovia como la República Checa, Hungría y Polonia se integraron a sus antiguos enemigos.

Luego vino Afganistán, cuya guerra les dio una posibilidad, de reinterpretar a la cañona la definición de por qué era necesario mantener la organización atlántica.

Al fin, al definir la misión como una lucha contra un nuevo enemigo común, el terrorismo, pudieron explicar al público europeo y los Estados Unidos al estadounidense, que era imprescindible mantener una organización creada para enfrentar algún día a un enemigo que se derrumbó desde adentro.

Es algo que se debe explicar y justificar reiteradamente, pues la organización representa hoy cerca del 60 por ciento del gasto militar mundial.  Lo cual no es una noticia agradable para los contribuyentes europeos.

Ni para los estadounidenses.  Por eso Donald Trump intensificó hasta el insulto la presión para que los europeos cumplieran el compromiso de gastar el 2 por ciento de su PIB en la renovación de sus armamentos.

No es una queja desinteresada, solicitando reciprocidad.  Es que en general la industria militar europea no está al día con las necesidades modernas.  Por lo tanto, sus nuevas adquisiciones tendrán que ser hechas… en la industria armamentista de Estados Unidos.

Y así, la ausencia de una cabeza como Alemania, y el desinterés de Estados Unidos por mantener lazos tan sólidos como los de otra época con sus aliados, crea inestabilidad en los centros de dirección europeos.

Y no solo en el plano militar. Los nuevos enemigos son más difíciles, no solo para los integrantes de la OTAN y los no integrantes, sino con complejidades que no existieron antes. Hablaremos de esto en un segundo momento.

 

 

 

2.

 

¿Cuáles son los enemigos de Occidente, es decir, de la vieja OTAN, en plena segunda década del siglo XXI? El relevo de la Unión Soviética y sus aliados continentales han sido, como sabemos, Rusia, en la misma frontera del espacio europeo, o al inicio del espacio euroasiático, y la no tan lejana China.

En plena Guerra Fría la posibilidad de un enfrentamiento con la Unión Soviética se resolvía básicamente en el terreno militar.  China no constituía más que una cierta amenaza ideológica.

Las complejidades del momento actual son diferentes.

En efecto, Rusia es una potencia nuclear tan fuerte como lo son los Estados Unidos.  Y ha librado acciones que preocupan a la OTAN y que han exigido pronunciamientos y movilizaciones militares menores, con su vecina Ucrania.   Aunque Ucrania no pertenece – ni la admitirán – ni a la Unión Europea ni a la OTAN, su voluminosa producción agrícola y su ubicación geográfica, entre la Europa tradicional y Rusia, la convierten en un centro de atención.  Pero no más allá de los pronunciamientos políticos. 

Así, la recuperación de Crimea por Rusia y los movimientos secesionistas del este ucraniano han transcurrido en medo de fuertes protestas europeas y de sanciones sobre todo estadounidenses contra Rusia.  Pero nada más.

El problema es que además del poder militar de Rusia, este país tiene la mano más alta en el suministro de energía a países decisivos de Europa. Revisemos algunas cifras.

Alberto Jiménez Báez, del Círculo de Análisis Euro mediterráneo, resumía hace algunos años la cuestión de forma gráfica:

“El gigante euroasiático se encarga del 32,6% de las importaciones petrolíferas europeas, así como del 38,7% del gas natural…  las rutas de distribución gasísticas están limitadas a contados gasoductos de importancia supina, y su transporte marítimo aún no ha alcanzado la tecnología suficiente para ser económicamente viable a gran escala. Además de un origen muy poco diversificado, con los 5 mayores exportadores de Gas Natural copando el 50% de las exportaciones mundiales. Esto no hacen más que aumentar el quebradero de cabeza sobre cómo asegurar un suministro continuo y estable, en un marco donde la seguridad energética es un componente geoestratégico más, llegando a ser una verdadera arma política.”

Estamos hablando de que más de un tercio de las demandas de gas europeas dependen de Rusia, con países con dependencia plena (como las repúblicas bálticas, Hungría o Bulgaria, donde el gas ruso no abastece menos de un 70% de la demanda) y otros países con dependencia parcial, aunque muy significativa (Austria 70%, Alemania 60%, Italia 38%).

Ante tan evidente debilidad, la Unión Europea promovió políticas de diversificación de las fuentes energéticas.  Pero el mismo analista se preguntaba:

“¿Diversificación? ¿Es que hay una alternativa al gas ruso? Una serie de obstáculos se erige con cada opción que se mire: inestabilidad en Iraq o Libia, sanciones en Irán, insuficiente producción de Argelia, el infradesarrollo del gas natural licuado que impide el suministro eficiente desde EE.UU., Canadá, etc. Hasta una en una opción tan viable como el gas natural de Asia Central se torna difícil, ya que el gigante chino también demanda ingentemente.”

Con China la los factores son diferentes, pero la complejidad es parecida.

A mediados de los años 80 del pasado siglo, la economía dela Unión Europea representaba el 30 por ciento del pib mundial, mientras que el de China era aproximadamente el 2,3 por ciento.

Hoy, por poner un solo ejemplo, el país asiático avanza hacia la sustitución de la Unión Europea en un mercado de las dimensiones del MERCOSUR.  En el 2019 la Unión y Mercosur firmaron un tratado de libre comercio que abriría las `puertas de un mercado de 265 millones de habitantes.

Pero todavía ahora el tratado se encuentra pendiente de ratificación, perdido entre los laberínticos vericuetos de aprobación de los miembros de la Unión.

Un reciente estudio del prestigioso instituto Ifo alemán advierte de la “pérdida de importancia de Europa como socio comercial de los países de Mercosur”, en detrimento del gran país asiático. “Las importaciones y exportaciones de Mercosur hacia y desde Europa están disminuyendo en general”, se lee en el texto.

En contraste, la participación de China en las exportaciones totales de Mercosur se multiplicó por 11 entre 2000 y 2018: del 2% al 22,1%.

Y tanto Europa como Estados Unidos siguen con mucha atención el desarrollo militar chino, que incorpora los últimos adelantos tecnológicos a sus sistemas armamentísticos.

Las preocupaciones europeas llegan a considerar la creación de un ejército europeo, idea de origen francés, hasta ahora con poco éxito. 

Pero la disminución del peso específico de Alemania en el liderazgo de la Unión, va provocando nuevos alineamientos.  Francia, con una historia muy particular en el escenario de Europa, evidencia su aspiración a tomar el bastón de mando.   En días recientes se firmó el llamado Tratado del Qurinal, entre Francia e Italia, donde ambos países se proponen enfrentar juntos los desafíos comunes, el de la defensa incluido.

Estoy pensando, dijo el primer ministro italiano Mario Draghi, – en la construcción de una verdadera defensa europea». «La defensa común es necesaria si no queremos que otros diseñen nuestro futuro». «Para ser soberana –añadió Draghi– Europa debe saber cómo protegerse, cómo defender sus fronteras. Necesitamos crear una verdadera defensa europea».

¿Podrá hacerlo por sí sola? Nadie lo cree.  Los planes más concretos hablan hasta hoy de una fuerza de cinco mil soldados para algunas acciones específicas en territorio de Europa.  Pero como conocemos todos desde hace mucho tiempo, son pocos los que se han escapado y por poco tiempo, a una realidad, que seguirá presente en el reacomodo europeo a la nueva geopolítica. Más integración europea, incluida en la esfera militar, nunca supondrá reducir el compromiso con Estados Unidos y su política exterior.

Es decir, que pase lo que pase, personalidades más o menos, cualquier avance en una u otra dirección tendrá que contar con el beneplácito de Estados Unidos.

 

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