En los días finales del gobierno de
George W Bush, Bill Clinton llamaba la atención, en una conferencia, sobre el
creciente papel que en todos los órdenes estaba desempeñando ya China y la
necesidad de que Estados Unidos se preparara para un nuevo escenario, no solo
económico, sino político. Poco después, otra noticia informaba que la entonces
secretaria de Estado, Condoleezza Rice, había orientado redistribuir el
personal diplomático estadounidense para fortalecer el área asiática.
Quince años después, he leído
declaraciones similares de portavoces de las relaciones exteriores de Estados
Unidos. Mientras tanto, China es la
constatación de que un nuevo orden -creo que por ahora bipolar- está hace rato
entre nosotros. (No me arriesgo a llamarlo multipolar, porque realmente hay
todavía una gran distancia, difícil de cubrir en poco tiempo, entre esos dos
grandes colosos, y el resto de las potencias que le siguen.)
Tal como se ha puesto en evidencia
durante la guerra en Ucrania.
Estados Unidos y sus aliados han
hecho todo lo posible por impedir el respaldo chino a Rusia.
Y es que es uno de tantos momentos
en que China pone de relevancia la magnitud de su influencia hoy en casi
cualquier acontecimiento internacional,
al extremo de que su posición es capaz de inclinar la balanza de un
conflicto en un sentido u otro.
Ya no hablamos de la irradiación
que tuvo la revolución de Mao Ze Dong en el movimiento revolucionario de los
años 60, cierto que baldado por sus contradicciones con la Unión Soviética. Pero digamos, por ejemplo, que en África esa influencia estuvo acompañada
por la asistencia médica gratuita a muchos países, en contraste con la ausencia
de esa colaboración proveniente del mundo socialista europeo.
Ahora China ha entrado en África
con un ímpetu descomunal y son los principales inversores y socios comerciales de
ese continente cuyas enormes riquezas, en general, se encuentran bajo tierra o
pendientes de explotación.
Hoy China respalda sus posiciones
políticas con una economía que ha crecido a toda velocidad ante nuestros ojos,
y cuyo PIB ocupa el segundo lugar mundial, cerca de Estados Unidos y el primero
si consideramos el PIB nominal, es decir, el referido al poder de compra de esa
riqueza. Es decir, con casi 13 billones de dólares, es por ahora el segundo del
mundo, tras Estados Unidos, con veinte billones.
Según el Financial Times, China no
ha hecho más que recuperar el lugar que históricamente ocupó en la economía
mundial. En 18 de los últimos 20 siglos,
dice este medio especializado, el gran país ha tenido la mayor economía del
mundo.
Los datos que consultamos resumen este
proceso:
·
El crecimiento económico de China ha promediado
alrededor de un 10% en el período por ejemplo de 1990 y 2004, y obviamente ha
sido el más alto del mundo.
·
Según el Programa Mundial de Alimentos, China
alimenta al 20% de la población mundial.
·
Ocupa el primer puesto en la producción agrícola
a pesar de que sólo el 15% de su superficie total es apropiado para la
agricultura.
·
El 48% de su riqueza proviene de sus sectores
industriales y de construcción.
·
Su fuerza de trabajo, como era de esperar, supera
la de cualquier otro país, 800 millones de trabajadores. El mayor proletariado del planeta.
Y así podríamos seguir. Y si es un gran productor, por supuesto, es
también un gran consumidor: es el principal exportador en el mundo (dos
billones y medio de dólares) y el segundo importador (2 billones). Importador, por
ejemplo, de energía.
Del petróleo y del gas ruso, como
lo son del petróleo iraní. Países sancionados por Estados Unidos.
Es además una economía
monetariamente sólida. Más de lo que imaginaba
al comenzar a redactar este comentario.
Porque tropecé con una cifra insospechada. Las reservas monetarias de China se valoran
en tres mil doscientos treinticinco billones, es decir, millones de millones de
dólares. Para que se tenga una idea,
Estados Unidos, el dueño del dólar,
tiene reservas por ciento veintitrés mil
billones.
Los países que siguen en la lista
(Japón, Alemania, Reino Unido, India) están todavía lejos de los dos
principales colosos económicos. De los
dos grandes polos de la geopolítica mundial.
2
Como se ha insistido en las últimas
semanas, China ha acompañado este auge cabalgante de su economía con un
desarrollo similar en su poderío militar. De tal forma, se ha colocado también
en segundo lugar en el mundo en capacidad armamentística.
Pero es lo que le corresponde. Si vamos a los números, veremos que sus desembolsos
en este sentido van de la mano, al mismo ritmo, que su crecimiento
económico. Es decir, que tiene las
fuerzas armadas que tiene que tener, según la marcha de una economía
voluminosa, pero lejos aun de los presupuestos que le dedica Estados Unidos a
la actividad militar: unos 250 mil millones frente a los 770 mil millones del
país norteamericano.
Pero sucede que, como siempre que
un país llega después que otros a los adelantos de las tecnologías, las fuerzas
armadas chinas ya no tienen el viejo equipamiento recibido o comprado o
fabricado bajo licencia de la Unión Soviética.
El desarrollo militar de China es muy moderno e incluye áreas como la
ciberseguridad, o los misiles lanzados desde plataformas móviles, o misiles antibuque de largo alcance, o la
flota de guerra más grande del mundo y probablemente la más moderna.
Por supuesto que esto ha preocupado
a sus posibles adversarios. La OTAN, lejana geográficamente, pero útil
instrumento de los Estados Unidos, ha denunciado el ascenso militar chino. Entramos entonces en el terreno de un aparente
absurdo: La organización militarista, que supuestamente fue creada para actuar
en el escenario europeo, se ha preocupado por el incremento de la influencia
china, respaldada por su poderío militar, en la zona asiática.
Y así hemos visto a Gran Bretaña y
Francia enviar buques de guerra… al Mar de China. Nadie ha logrado explicar para qué. Y allí están, y sus tripulaciones se
preguntarán qué demonios hacen en tan lejanos mares. La explicación es
simple. Servir, una vez más, a los
intereses de Estados Unidos.
Por eso Europa es cautelosa con
China cuando se trata de calificar su posición hacia la guerra en Ucrania. Por todos los medios intentan advertir
segundas intenciones, discrepancias, doble lenguaje, en su apoyo a Rusia.
Neutralidad sesgada, es la ridícula
calificación que suele dar una periodista de
un importante diario europeo a la posición china.
Sin embargo, en todos los foros
China ha abogado por una solución negociada al conflicto, pero sin dejar de
subrayar que el origen de toda esta crisis está en la progresiva expansión de
la OTAN hacia las fronteras con Rusia. Es decir, el mismo razonamiento de
Rusia. Nada sesgado.
Desde que comenzaron los
acontecimientos, la posición del gran país asiático fue clara. En el comunicado firmado por Xi Jing Pin y
Vladimir Putin, la parte china afirmó, y es textual: “es necesario abandonar la
mentalidad de la guerra fría, dar importancia y respetar las preocupaciones
legítimas de seguridad de todos los países, y formar un mecanismo de seguridad
europeo equilibrado, eficaz y sostenible a través de negociaciones”.
Leído en clave de su relación con
Rusia, el acoso por las mentalidades de guerra fría, el respeto de la seguridad
de todos los países y la necesidad de un mecanismo de seguridad dotado de las
cualidades que afirma, es una reivindicación de las quejas rusas ante el avance
territorial de la OTAN.
Porque también China – y
curiosamente hace semanas que ese tema ha desaparecido – ha sido acusada de
apoyar a Rusia porque Ucrania sería el equivalente de Taiwán. Lo cual no resiste el menor análisis; son dos situaciones de conflicto diferentes,
con historias diferentes y solo se asemejan en un sentido: ambos temas son aprovechados por Estados
Unidos y sus aliados para presionar a Rusia y a China.
China es no solo la gran potencia
económica y militar. China es ya lo que tardíamente
previó Bill Clinton hace casi quince años.
Es el otro gran polo geopolítico y no tiene disputa en su región. Recientemente, Estados Unidos, que no tiene
OTAN en aquella zona, firmó un acuerdo con Australia, India y Japón con el fin
declarado de , entre comillas, “la estabilidad en el espacio indopacífico”.
Pero el nuevo orden mundial, del
que tanto se habla, tendrá las miras puestas, antes que en el funcionamiento
improbable de una entidad militar con un interesado componente extrarregional,
en proyectos como la Asociación Económica Integral Regional, el mayor pacto de
libre comercio del mundo.
Allí quince países de Asia
Pacífico, incluidos los aliados regionales de Estados Unidos, aprovecharán las
ventajas de una considerable reducción de los aranceles, la eliminación de las
barreras no arancelarias y del sector de los servicios, una mayor
liberalización del comercio y mejoras del entorno empresarial.
El pacto supondrá el 30 % de la
economía global y el 30 % de la población mundial, llegando a alrededor de
2.200 millones de consumidores.
Mil doscientos millones de estos
son chinos.
Comentarios
Publicar un comentario