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La OTAN avanza sobre Rusia

Varias cosas han cambiado, a pesar de las apariencias, en la crisis que enfrenta a Rusia con los países europeos y con Estados Unidos respecto a Ucrania.

Recordemos que la última vez que nos referimos a esta situación, hace ya varias semanas, apreciamos las numerosas contradicciones que minaban la fortaleza del campo occidental, mientras Rusia permanecía inmóvil en sus planteamientos:  La OTAN no puede seguir expandiéndose hacia el este y, concretamente, no lo puede hacer incorporando a Ucrania a la organización atlántica.

“Ni un centímetro hacia el este, nos dijeron en los años 90.  Nos engañaron. Cinco oleadas de expansión de la OTAN” contestó el presidente ruso a una periodista europea.

Ciertamente, a pesar de la desaparición casi simultánea de la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia, la organización del tratado del Atlántico norte, acogió en fases sucesivas a los países que habían abjurado de su alianza con la URSS.

Así, en 1999, Polonia, Hungría y la República Checa se unieron a la organización.  Más adelante, cinco años después, lo hicieron Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia.

Albania y Croacia también sirvieron para incrementar el tamaño de la organización, mientras que poco tiempo después lo hicieron Bosnia y Herzegovina, Georgia y Macedonia del Norte.

Agréguese que Alemania se vio fortalecida con la fusión en los años 90, con la República Democrática Alemana.

 Si durante la guerra fría la OTAN era una organización de raíz belicista – aunque sus guerras no se hayan librado nunca contra su enemigo original sino acompañando a Estados Unidos en Afganistán y en Yugoslavia -, de doce miembros que tenía al desaparecer el Pacto de Varsovia, ha pasado a tener 30.

Y si se aprecia el mapa hoy, los países miembros de esta entidad militar forman un arco que colinda con las fronteras rusas.

Rusia ha vivido con esa realidad.  Una Rusia que ya no es la de 1991, que coqueteó durante casi una década con Occidente.  El crecimiento militar ruso ha ido acompañado de su expansión política y económica, en varios casos hacia el campo que con poco trabajo pudiera considerar enemigo. O siguiendo sus propios intereses, como su participación decisiva en la guerra siria, en respaldo al presidente Bachar el Assad y mientras Estados Unidos reducía sus tropas al mínimo en la zona.

Y de acercamiento con el país que marca hoy la contradicción geopolítica fundamental con Estados Unidos, la República Popular China. 

Pero la posibilidad de una incorporación de Ucrania a la OTAN ha sido la gota que colmó la copa de paciencia del gobierno ruso.

De ahí la demanda de que la OTAN se comprometa a que Ucrania no se una nunca a la organización atlántica, a lo que ha añadido el establecimiento de limitaciones en las tropas y armamentos que se puedan desplegar en los países que se unieron a esa alianza después de la caída de la Unión Soviética.  Y exige retirar la infraestructura militar instalada en los estados de Europa del Este después de 1997.

En la mencionada respuesta a la periodista europea, Putin argumentaba las razones que respaldan estos requerimientos y que llevaron al gobierno ruso a presionar sobre Ucrania con el despliegue de más de cien mil hombres en la frontera común y a realizar ejercicios militares con esta vasta tropa. Decía:

“Es inaceptable un mayor desplazamiento de la OTAN hacia el este. ¿Es que estamos poniendo misiles en la frontera de EEUU? Es Estados Unidos el que ha venido a nuestra casa con sus misiles. ¿Cómo se sentirían los americanos si pusiéramos nuestros misiles en la frontera entre Canadá? ¿O en la frontera con México?

“¿Acaso México no tuvo nunca problemas territoriales con EEUU? ¿A quién pertenecía California? ¿Y Texas? Nadie lo recuerda tanto como se recuerda hoy a Crimea.”

E insistió en la singularidad del caso ucraniano: “Se intenta no recordar cómo se formó Ucrania. Fue Lenin, cuando creó la Unión Soviética. Lo hizo en 1922 y se concretó en la Constitución de 1924 de la Unión Soviética”.

“Pero olviden la historia, añadió”. “La cuestión es la seguridad de Rusia.”

 

 

 

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En las últimas semanas las negociaciones han crecido en intensidad y en integrantes.  Los que en ella participan por la parte occidental han ido distinguiendo sus posiciones respectivas.

Estados Unidos, que a pesar de no estar en el terreno de conflicto liderea obviamente a Europa, pretende mantener la oposición más firme a los requerimientos rusos.  La opción de que Ucrania como cualquier otro país europeo aspire a ingresar en la OTAN, no es negociable.  Es en síntesis apretadísima el punto de vista estadounidense, que el presidente Biden y su secretario de estado Antony Blinken repiten a cada uno de sus visitantes negociadores.

Pero en Europa abundan los matices.

El canciller alemán Olaf Scholz, recién estrenado en su cargo, destaca más por sus silencios que por sus declaraciones.  La posición de Alemania, la principal economía europea y el país con más larga historia, llena de grandes altibajos, en las relaciones con Rusia, es sumamente delicada.  Como se ha explicado, la mitad del gas que consume, que a su vez proporciona la cuarta parte de la energía de ese país, viene de Rusia.  Las recientes declaraciones sobre las alternativas que se podrían encontrar en caso de una suspensión de este suministro mueven más si no a risa, al menos a la sonrisa, que al análisis serio.  No hay proveedor que en el corto plazo pueda sustituir el gas suministrado por Rusia.

De ahí que su apoyo a las posiciones oficiales de la OTAN, es decir, de Estados Unidos, sea más retórico que real.

Otro dato de importancia ha sido el ascenso al liderazgo europeo de Emmanuel Macron. Ni corto ni perezoso, fuera de escena Angela Merkel, el presidente francés ha asumido el papel de intermediador que en otro momento le hubiera correspondido sin duda a la antigua canciller alemana.

Tarea difícil, pues, aunque hubo tantos acercamientos como contradicciones, Angela Merkel alternó más con Putin que con cualquier otro dirigente mundial, más de 70 encuentros, según se dice.  Aprovechando que Putin es un “germanófilo”, es decir, habla alemán, admira el modelo económico alemán y estuvo destacado en Alemania, la Merkel tuvo con él coincidencias tan estratégicas como el respaldo al oleoducto Nordstream 2, hoy punto de conflicto europeo porque objetivamente incrementa más todavía la dependencia del gas ruso.  En el fondo, no hacía sino seguir el consejo de su predecesor Helmut Kohl, “sin Rusia, no puede haber equilibrio en Europa”.

Por cierto, entre las amenazas de Estados Unidos a Rusia Biden anunció que se frustraría el oleoducto, que está prácticamente terminado y en tenso debate todavía en la Unión Europea.  Pero cuando le preguntaron al presidente estadounidense cómo haría para impedir su funcionamiento, respondió con una pequeña y senil sonrisa solamente. No hay muchas posibilidades de que Estados Unidos solo pueda lograrlo.

Putin también ha viajado.  A China, lo que le da una dimensión estratégica al conflicto y termina de delinear los campos en que se mueven las principales relaciones internacionales en el mundo de hoy. Aunque fue como invitado a la inauguración de los Juegos Olímpicos de invierno, durante su estancia firmó con Xi una importante declaración conjunta.

"Rusia y China -afirmaron- se oponen a los intentos de las fuerzas externas de socavar la seguridad y la estabilidad en sus regiones adyacentes comunes, tienen la intención de contrarrestar la interferencia de las fuerzas externas en los asuntos internos de los países soberanos bajo cualquier pretexto, se oponen a las revoluciones de color y aumentarán la cooperación en las áreas antes mencionadas".

Lo cual, en clave rusa, reivindica el apoyo chino, incluso económico, a Rusia en el momento actual, y de Rusia a China en el conflicto por venir, el estatus de Taiwán, que ocupará en el futuro no lejano mucho más espacio en los medios mundiales que el que ocupa hoy.

De paso, da un espaldarazo chino a Rusia también en el orden económico.

Estados Unidos lejos, amenazando con más sanciones de las cuales la separación rusa del mecanismo de intercambio monetario internacional SWIFT es el más fuerte, aunque habría que ver cuánto perjudicaría a las propias naciones europeas que cuentan con importantes inversiones de corporaciones rusas. Pero ajeno a la idea de participar en un enfrentamiento bélico.

En el que los europeos tampoco parecen interesados, la mayor parte de cuyos disminuidos ejércitos han sido calificados de ejércitos bonsái.

Dividida y con un nuevo liderazgo, Macron, que va de Putin a Biden intentando una negociación.

Y Rusia, que ha declarado una y otra vez que no utilizará la fuerza contra Ucrania.

Apretada síntesis, pese a que los medios de comunicación occidentales abundan en detalles que distraen del problema principal.  El que Putin define muy sintéticamente:

“Lo que nos importa no es el curso de las negociaciones, sino el resultado.”

 

 

 

 

 

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