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Turquía, mediadora

 Para cualquiera de nosotros la distancia entre Asia y Europa es, a primera vista, extraordinaria.  El vuelo de Beijing a Paris, por ejemplo, puede tomar catorce horas sin escala. Cuando pensamos en los mongoles, admiramos el largo camino que llevó a Atila hasta las puertas de Roma. 

Sin embargo, ninguno de estos razonamientos funciona cuando nos referimos a Turquía.  Hace pocos días se inauguró el nuevo puente “1915 Çanakkale”, único viaducto colgante en el mundo con un vano central, es decir, sin pilotes ni columnas, de 2,023 metros de largo, la mayor extensión del mundo en una construcción de este tipo. 

El puente en sí mismo tiene 4,6 kilómetros de extensión y sus torres son tan altas como el edificio Chrysler, de New York y transitarlo será cubrir la distancia entre la Turquía asiática y la Turquía europea solo por algo más de 12 euros que costará el peaje.

De tal modo, junto a los otros puentes que más al norte cruzan desde la mítica ciudad de Estambul – antes Constantinopla, antes Bizancio – tramos menores para acceder de Asia a Europa, dentro de la propia geografía turca.  Geografía, digamos de paso, que sigue marcando el peculiar destino de este gran país.

Quizás solo ahora muchos de nuestros oyentes se hayan admirado de las características de este país, el cual, sin previo aviso, ha inundado los televisores del mundo con sus bien facturadas telenovelas.  Aunque el tejido humano sea en realidad más complejo y representativo, hasta en el idioma, de las decenas y decenas de pueblos que en algún momento convergieron y dejaron huella cultural en Turquía.

Es además un país grande, de poco menos de un millón de kilómetros cuadrados, casi ochenta millones de habitantes y es, además, la oncena economía del mundo.  Su ejército es el segundo de la OTAN, después del de Estados Unidos.

Porque, aunque a veces nos resulte extraño, Turquía forma parte al menos nominalmente de Europa.  De ahí que integre la OTAN, y que desde el 2005 espere que le den el improbable ingreso en la Unión Europea:  aquí entre nosotros, no crean en las excusas que los europeos le han dado hasta hoy a los turcos para explicar la demora. Es que me parece, y así piensa la mayoría de los analistas internacionales, que muy difícilmente la UE admitirá de un golpe la población de 70 millones de musulmanes en su seno.

Pero el influyente papel del país le ha permitido desarrollar una compleja y muy variada actividad internacional.  Pensemos que, por ejemplo, tiene mucho que decir en Grecia:  Turquía fue parte del espacio griego, tiene costas sobre el Egeo y guarda los restos de la ciudad de Troya.  Al norte, el folklore búlgaro incorpora muchos y realmente malos recuerdos de su pertenencia al imperio otomano y, un poco más arriba, Rusia, su aliado en la primera guerra mundial, que perdieron, y su vecino en el Mar Negro, ha ido y venido en sus relaciones con los turcos.  Hacia el sur, con Siria e Iraq comparte sus conflictos con la población kurda que vive en los tres países. Y pudiéramos incorporar al listado a Israel con quien ha pasado de una cierta amistad a contradicciones considerables. 

Podríamos seguir, porque esta visión poliédrica de sus relaciones regionales la ha acompañado en los distintos momentos de su historia: desde 1918 como parte del gran imperio otomano hasta hoy, en que debe tener una proyección específica para cada uno de ellos.  Pero es mejor refugiarse en una definición que acabo de leer y que expresa que la política exterior turca se balancea entre cero problemas con los vecinos, a la situación de ningún vecino sin problemas.

En un segundo momento veremos cómo son algunos de estos problemas, sin pretender agotarlos.  Son muchos.  El imperio otomano fue casi tan extenso como el anterior imperio romano, y son pocos las viejas posesiones con las que no tiene, o buenos recuerdos, o dificultades.  A veces grandes.

 

 

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La historia de las relaciones exteriores turcas, en particular en su espacio regional, concebido en su mayor amplitud, es tan compleja y variable que no cabe ni lejanamente en un comentario como este.

Fijémonos solamente en su manifestación más reciente:  la mediación del presidente turco Erdogan en el conflicto ruso ucraniano. 

Turquía y Rusia están lo bastante cerca como para que no coincidan en esta historia y otras. Respecto a Rusia, digamos solamente que, a partir del 2016, y luego de la acusación de que Estados Unidos estaba tras el intento de golpe de estado de ese año, las relaciones con Rusia experimentaron una notable mejoría, y de ese modo ambos países avanzaron juntos en su influencia en el Mediterráneo y el Oriente Medio aprovechando el vacío dejado por Estados Unidos, que se ocupaba de sus guerras de Afganistán e Iraq.  Rusia se convirtió en el mayor exportador de gas a Turquía y el segundo de petróleo. También es rusa la empresa que debe construir la primera central nuclear en suelo turco, Rosatom. Por su parte, Rusia es un cliente importante para la producción agrícola turca y los turistas rusos contribuyen con una factura generosa a los ingresos por turismo de Turquía.

 Pero no han faltado los desencuentros. Moscú protestó duramente cuando los turcos vendieron drones al gobierno de Ucrania y Ankara recibió con los honores correspondientes a su dignidad a Volodimir Zelensky a Estambul, hace exactamente un año. Con la excusa de la pandemia, Rusia suspendió los viajes turísticos de sus nacionales a Turquía.

Con Estados Unidos, otra pata del banco de la guerra en curso, la historia también tiene altibajos de consideración. De una parte, por solo poner un ejemplo, a las denuncias turcas sobre la participación norteamericana en el intento de golpe de estado, siguió poco después la irritación estadounidense y europea por la compra a Rusia del poderoso sistema antimisiles S-400. Lo que tampoco fue casual.  Era la respuesta a la negativa de Estados Unidos de vender a los turcos los sistemas Patriot a precios razonables. Y luego la contrarrespuesta: sanciones a la industria militar turca y negativa a darle participación en el programa para la construcción del caza F35.

Y hay más, mucho más, como las complejidades de sus relaciones pendulares con Israel y sus vecinos árabes.  Pero no puedo obviar un tema central, motivo de muchas fricciones:  el tema kurdo.

Como se ha explicado muchas veces, el pueblo kurdo es una nación, con historia y características étnicas y culturales bien definidas, pero sin país.  Son entre 35 y 45 millones de personas que viven en unos veinticinco países, pero sobre todo en Turquía, Irán, Irak y Siria. En Turquía han sido el principal problema político interno, sobre todo en los momentos en que sus intentos separatistas se han convertido en un serio problema para Ankara.  En Irán no parecen ser una gran dificultad interna, en Iraq fueron apabullados por Saddam Hussein y en Siria tampoco fueron un gran irritante.   Hasta la guerra que diezmó a este país.

Es la única razón por la que Turquía intervino en esa guerra, violó las fronteras sirias y enfrentó a las milicias kurdas locales, por temor a que extendieran su lucha al interior turco.  Pero las milicias kurdas sirias estaban armadas y apoyadas por Estados Unidos.

Nuevamente los turcos se vieron comprometidos en una guerra que aparentemente no era de ellos y reaccionaron más evocando su viejo empuje imperial, que respetando la legalidad actual.

Habría mucho más.  Pero valen estos ejemplos para empezar a comprender cómo el presidente Erdogan, de un día para otro, sin haberse manifestado antes, se convierte en un elemento mediador en esta crisis, y organiza una reunión que, hasta hoy, es la que más ha avanzado en el logro de una solución al enfrentamiento que ha cobrado tantas vidas.

Sirve también para recordarnos que Turquía existe, con todo su poderío, con todas sus contradicciones, desplegando su influencia de gran potencia en una buena parte de la región donde antes fue imperio, y que tiene economía, fuerza e influencia para lograr lo que otros – Macron, por ejemplo, o toda la UE y su feroz rusofobia mediática – no han podido lograr.

 

 

 

 

 

 

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